El deterioro de la libertad de expresión en Ecuador.
Rafael Correa sigue avanzando en el esfuerzo de pulverizar la libertad de expresión en Ecuador y esta semana dio dos zarpazos más.
Uno fue la vigencia de la ley que impide que los medios puedan opinar durante una campaña electoral. Correa quiere una cobertura periodística asexuada sin que el periodista pueda ejercer el derecho legítimo e indispensable a emitir su opinión.
Estas mordazas a la prensa se derivan de planteamientos como los de Ignacio Ramonet –de Le Monde Diplomatique–, quien propone para Latinoamérica barbaridades que no aceptaría en su región, con lemas como “la prensa es el mejor perro guardián del status quo” que Correa repite con el entusiasmo del autócrata goloso por el halago infinito.
El segundo zarpazo fue la sentencia a dos periodistas que revelaron los contratos con el Estado del hermano del presidente por US$80 millones. Como consecuencia, ambos fueron denunciados y condenados por una corte genuflexa a pagarle US$1 millón a Correa.
Asimismo, el periodista Emilio Palacio pidió asilo político en Estados Unidos luego de ser condenado a pagarle US$3 millones a Correa, quien se sintió injuriado por una columna de opinión que él había escrito.
Hace un par de años, en una entrevista que le hice para La República, Correa me comentó sobre su profundo desagrado por los periodistas y agregó que su modo de pensar era compartido por casi todos los jefes de Estado en la región, solo que pocos se atrevían a decirlo en público.
Si en Ecuador están así, lamentablemente, ¿cómo vamos por casa? En general, bien, no hay queja.
Una expresión de ello es la observación del presidente Ollanta Humala a la ‘ley mordaza’ que debiera ser respetada en el Congreso, así como una actitud respetuosa de la libertad de crítica que también tuvo como candidato.
Pero a veces ocurre que los obstáculos a la prensa están dentro de los medios y no fuera. Hace poco me enteré, de una fuente muy creíble, de que al inicio del gobierno, un grupo mediático le hizo llegar el mensaje al nuevo inquilino de Palacio que, teniendo en cuenta que el director de uno de sus medios había sido muy duro con Humala durante la campaña, si este quería, podían cambiarlo como expresión de ‘buena voluntad’.
La respuesta fue correcta: le dijeron al emisario que informara que, en este gobierno, los directores de medios los nombran –a diferencia de lo que parece haber sido una costumbre reciente– los propios medios, sin que Palacio interfiera en esa decisión.
Ojalá que el presidente Humala mantenga esa actitud durante todo el quinquenio, especialmente cuando las papas quemen, que es cuando se prueba a los demócratas de a verdad.
