Por Augusto Álvarez Rodrich
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Estación final, de Hugo Coya, es un libro excepcional.
Estación final, que esta noche presenta el periodista Hugo Coya, es un libro excepcional por lo bien escrito, por la investigación impresionante que lo sustenta, y por la fuerza conmovedora de las historias que narra.
Este descubre la vida de un grupo de peruanos que viajó a Europa donde, luego, el nazismo los volvió víctimas, a pesar de lo cual remontó la adversidad y protagonizó acciones heroicas que llegaron a salvar cientos de vidas en la Segunda Guerra.
Asimismo, da cuenta del avance del pensamiento fascista y nazista en el Perú del siglo pasado, y de la complicidad de gobiernos como el de Óscar R. Benavides –un admirador de Benito Mussolini– o de Manuel Prado Ugarteche, quien le negó la visa a niños judíos huérfanos de 4 a 10 años que, luego, terminaron en las cámaras de gas de Auschwitz. Estación final es importante, además, cuando aún ahora hay algunos infelices en el Perú que justifican la violación de derechos humanos.
Pero los peruanos cuyas vidas relata Coya no dejaron el Perú por esa hostilidad hacia los judíos sino buscando oportunidades en la Europa donde habían nacido ellos o sus padres.
La heroicidad de la limeña Magdalena Truel Larrabure en la resistencia francesa y luego en varios campos de concentración y en La Marcha de la Muerte; o el valor de los limeños Eleazar y Jabijo Assa, baleados por la espalda con sus manos en las rejas llenas de púas mientras sus compañeros escapaban, son solo algunas de las historias que conmueven de Estación final.
Pero este libro no solo es conmovedor sino que constituye, al mismo tiempo, un ejemplo singular de investigación para los periodistas, y quienes aspiran a serlo, sobre el uso de Google y de redes sociales como Facebook o Twitter.
Estación final es un libro estupendo que, cuando se empieza, no se deja. En mi caso, además, por varias otras razones que el hecho de que mi mujer Cecilia y yo viajamos con Hugo a París en octubre de 2004, justo antes de que él partiera a Auschwitz a enterarse que unos paisanos nuestros habían llegado antes.
Nunca olvidaré que a los siete años, en un paseo familiar en Chosica, le pregunté al cuñado de mi tía Sarita qué número era ese tatuado en su brazo y, ante su evasiva, le hice notar, para su incomodidad, que no era un número de teléfono como él decía. Esa noche supe, por mi madre, del Holocausto.
Además, los relatos de Coya sobre judíos sefardís nacidos en Estambul, Turquía, que hablaban ladino, y que llegaron al inicio del siglo pasado a Paita, Trujillo o el Callao, y empezaron vendiendo telas, es la historia de mis abuelos maternos. Con la diferencia de que ellos decidieron quedarse y, felizmente, no pensaron en volver.
