Conga desnudó a un gobierno descuajeringado.
Una implicancia relevante de la crisis de Conga es la constatación de que el gobierno se ha descuajeringado, lo cual es un problema por la cohesión y el proceso de toma de decisiones rápido que se necesitarán para enfrentar, en el plano interno, una conflictividad social creciente y, en el externo, una crisis económica de proyección aún incierta.
La composición diversa que el gobierno mostró al inicio pareció una virtud por la posibilidad de contar con puntos de vista distintos para problemas antiguos que requieren enfoques novedosos. Pero, para ser útil, dicha pluralidad requiere organizarse bajo un liderazgo que explote al máximo la diversidad para conducirla al logro de un objetivo común.
Es decir, lo que, precisamente, no ha estado ocurriendo en el gobierno y que ha salido a flote con la crisis de Conga. Mientras los primeros cien días del régimen transcurrían con aparente calma dentro de la administración, en las dos semanas pasadas nos hemos ido enterando de que esto era, más bien, un barrio de broncas.
Por ejemplo, que los asesores Carlos Tapia y Luis Favre se pateaban discretamente bajo de la mesa presidencial, que los ministros de Energía/Minas y Ambiente miraban el mismo problema con anteojos distintos, o que el ministro de Economía, Miguel Castilla, camina por el gabinete como si pasara un río lleno de cocodrilos.
La crisis de Conga también puso en evidencia que la bancada de Gana Perú no solo incluye a gente con trayectoria sinuosa sino, además, con enfoques discrepantes del que hoy quiere establecer Humala.
La bancada ‘oficialista’ fue elegida en la primera vuelta, cuando el credo imperante era ‘La Gran Transformación’, pero ese plan tuvo que ser escondido y reemplazado por ‘La Hoja de Ruta’ para poder ganar la segunda vuelta. Por ello, varios congresistas que llegaron con Humala se quedaron con el primer programa cuando el Presidente ya estaba en el segundo.
Gobernar un país complejo como el Perú siempre es complicado pero lo que se viene en los próximos meses, por la conflictividad social en lo interno y la crisis económica en lo externo, hará que la tarea sea mucho más difícil de lo normal.
Lo mínimo que se requiere para encarar ese proceso es un equipo bien afinado, con alta capacidad de reacción y que, en lo medular, piense parecido. Si el gobierno tiene tantas negociaciones complicadas por delante, será mejor que se ahorre el costo de tener que estar negociando internamente cada decisión.
Por todo ello, ya parece ser la hora conveniente para que el presidente Ollanta Humala y el premier Salomón Lerner se pongan a conversar de los ajustes en el gabinete ministerial con el fin de empezar el año 2012 con una sinfonía más afinada que la actual.
