Por Augusto Álvarez Rodrich
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¡Los pishtacos llegaron ya! ¡Y llegaron bailando ricachá!
El reportaje sobre los pishtacos publicado ayer en La República demostró lo que todos intuíamos pero que ahora, con la fuerza de la comprobación in situ, en el lugar de los hechos, en el mismo distrito del Monzón, permite concluir que estos caballeros mitológicos y temidos desde tiempos prehispánicos no existen o que, al menos, por el Huallaga no han estado dando vueltas últimamente.
El dato tendría un valor antropológico o histórico si no fuera porque, hace diez días, el jefe de la Dirincri informó de la captura de cuatro pishtacos que asesinaron a sesenta campesinos del Monzón, les extrajeron la grasa, la metieron en botellitas de Inca Kola y la vendieron a la friolera de US$15,000 el litro.
¡Mamita, los pishtacos!, pensaron varios y más de un gordito temió por su vida, especialmente después de que tremenda información fue divulgada con entusiasmo por algunos medios ávidos de una noticia fuerte, y corroborada nada menos que por el mismo ministro del Interior, el general Octavio Salazar.
Pronto, sin embargo, vino la desilusión, empezando por el aguafiestas de Marco Sifuentes, quien desbarató la información con argumentos básicos que le restaban veracidad, como la inexistencia de un mercado internacional de grasa humana.
Y eso se reforzó con el reportaje de María Elena Hidalgo publicado ayer en este diario, y en el que desde la policía del Alto Huallaga hasta el comisionado de paz de la zona desmienten tajantemente la existencia de pishtacos por el lugar.
Ahora resulta que no hay ni campesinos muertos, ni grasa embotellada, ni pishtacos detenidos. ¿Qué pasó? ¿Qué pisó? ¿Quién diseñó este gran ‘cojudeo’ colectivo en el que se deslizaron, como caídos del palto, periodistas, población y –esperamos– autoridades que se tragaron el cuento sin hacer preguntas elementales antes de sumarse a esta cortina de grasa?
Son preguntas que deben ser respondidas antes de que, la próxima semana, aparezcan las vírgenes que lloran. A riesgo de ser nada original, traigo la hipótesis lanzada por varios periodistas en los últimos días, como Fernando Rospigliosi ayer en este diario: la coincidencia del cuentazo de los pishtacos con la revelación hecha en el estupendo reportaje de Ricardo Uceda, publicado en la última edición de Poder, sobre el escuadrón policial de la muerte que opera en Trujillo y que viene liquidando delincuentes por su cuenta.
El ministro Salazar debe responder, cuanto antes, sobre estos temas: desde los asesinatos ilegales en Trujillo hasta el cuentazo que, como falsa Paquisha, nos quieren hacer con los pishtacos. Ninguno de estos asuntos es broma.
