Es el riesgo que enfrenta la presidencia de Humala.
NUEVA YORK. Una semana compleja para el país y el gobierno, marcada por la turbulencia en Espinar y Cajamarca, con escenarios distintos pero, sin duda, conectados de muchas maneras, volvió a evidenciar las limitaciones de la presidencia de Ollanta Humala por su cada vez más notoria dificultad para plantear un marco político que le otorgue el espacio suficiente para empezar a gobernar en lugar de ser, como hasta ahora, simple bombero.
Es obvio que ambas protestas tienen un motor político, pero eso es casi una descripción de cualquier movilización social que se pone en marcha a partir de una creencia –cierta o falsa, da lo mismo al final– y demanda –legítima o no– aceptadas y respaldadas por la población.
Esa protesta que, a nivel agregado, conforma lo que se llama la ‘conflictividad social’, registrada mensualmente por la Defensoría del Pueblo, no es un factor nuevo en el paisaje sociopolítico peruano, por lo que no se puede concluir que su recrudecimiento sea una sorpresa para el gobierno actual.
Es más, como político, Humala fue inspirador de varias expresiones específicas de esa conflictividad social –en Cajamarca, sin duda, como hasta hoy se lo recuerdan– y, como candidato, no se cansó de asegurar y de prometer que, si llegaba al poder, esa protesta desaparecería pues él sabría cómo enfrentarla y que, además, su gestión le pondría alfombra roja a la inversión pues él tenía la fórmula para generar credibilidad y confianza ante la población.
Pues nada de eso ha sucedido hasta ahora, en parte porque nada se ha hecho realmente para cambiar el fondo de la relación política más allá de los esfuerzos desplegados para, por ejemplo, reajustar Conga.
Pero el fondo del asunto es político, en la manera de plantearlo y encararlo, y eso pasa por la necesidad de que el gobierno obtenga la capacidad de dialogar y explicarle al país y a cada región y localidad específica, sus planes y por qué ha cambiado de ideas sobre la relación entre la gente, la inversión y el gobierno.
Y eso pasa, a su vez, por la necesidad de que las principales posiciones ejecutivas, empezando, ciertamente, por el gabinete ministerial, sean ocupadas por personas que no solo le den un rostro distinto a este gobierno que corre el riesgo de volverse similar al aprista, al que tanto criticaba–e, incluso, al previo, el de Alejandro Toledo–, sino que aporten nuevas ideas para hacer realidad la promesa electoral del presidente.
De lo contrario, la presidencia de Ollanta Humala, que recién está por cumplir un año, enfrenta el serio y creciente riesgo de acabar pareciendo y siendo, prematuramente, todo lo que criticaba y decía que no sería.