Por Augusto Álvarez Rodrich
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Los alcaldes no son los dueños de la ciudad.
Los que viven entre las cuadras 11 y 14 de la Av. Prolongación Paseo de la República despertaron anteanoche, a las dos de la mañana, creyendo que era viernes 13 y Jason Voorhees estaba suelto por Chorrillos con la motosierra buscando una nueva víctima.
No era, sin embargo, el homicida de las películas ‘Viernes 13’ el que andaba por el barrio, sino cuarenta obreros y 200 policías que el alcalde Luis Castañeda había enviado para tirarse 150 árboles –de entre 20 y 30 años de antigüedad– para reemplazarlos por un terminal de buses que algún día, solo Dios sabe cuándo, llegarán como parte del Cosac.
Es claro que una metrópolis con casi nueve millones de personas necesita, con urgencia, obra en áreas críticas como el transporte. Su carencia explica, precisamente, que Lima sea una ciudad caótica e insufrible porque le impone al ciudadano costos horribles como dedicar de tres a cuatro horas al día para desplazarse de la casa al trabajo.
Obra se requiere, de eso no hay duda, pero su desarrollo debe ser informado y consultado con el vecino, tanto en relación con su conveniencia como en la forma y plazos de ejecución. Nada de eso ocurre porque, sencillamente, a la mayoría de alcaldes el ciudadano le interesa un pepino y solo se arrodillan ante él cada cuatro años cuando le ruegan por los votos.
El mal ejemplo de Castañeda –quien ha reconocido que hubo falta de comunicación con los vecinos chorrillanos– se repite por toda la ciudad. En Barranco, que ha sido destrozado por la prepotencia de las obras de Lima y la pasividad cómplice del alcalde distrital, las cosas son de terror como en una nueva versión de ‘Viernes 13’ de Jason. Por ello, hacen muy bien los vecinos en protestar con marchas y plantones como el que se realizará esta tarde ante la poca voluntad de la Municipalidad de Lima para instalar la mesa de diálogo pactada.
En Jesús María, el alcalde quiso construir una obra en el Campo de Marte, en plena vía pública, que los vecinos rechazaron, luego de que ocurriera algo similar en el residencial San Felipe. Y en Chorrillos, cada vez que el municipio compra buses, al alcalde se le ocurre exhibirlos durante varios días, en plena vía pública, congestionando absurdamente el tráfico.
La duración de las obras es otro insulto al ciudadano. En el zanjón, por ejemplo, han vuelto a destruir la pista que ya se había hecho, reflejando un dispendio insólito de recursos en una obra que es un monumento a la falta de planificación.
El problema que enfrentamos los limeños, en el fondo, es que los alcaldes de la ciudad tienen más dinero para hacer obras que cerebro, sentido común y respeto al ciudadano. Y todos pagamos el pato.
