El papel decreciente de la Iglesia Católica en el Perú.
Si el visitador apostólico enviado por el papa Benedicto XVI para analizar el conflicto entre la PUCP y el Arzobispado de Lima no mira solo este árbol, e interpreta el bosque en el que este se encuentra, quizá podría hacer una recomendación que apunte no solo al pleito por el que vino sino, también, al papel del cardenal Juan Luis Cipriani en la política peruana.
La Iglesia Católica tuvo un papel crucial a inicios de la década pasada porque la debilidad institucional y la proliferación de conflictos sociales requería mediadores con credibilidad.
Expresión de ello es la revelación del camarada Artemio a IDL-R de sus reuniones con monseñor Luis Bambarén, durante la presidencia de Alejandro Toledo, para la pacificación en la zona de influencia senderista.
Además de esas citas que necesariamente debían ser reservadas, la convocatoria a la iglesia como mediadora social fue creciente y notoria hasta hace un tiempo. Esto ya cambió.
El papel decreciente de la iglesia como mediadora social con credibilidad quizá esté vinculado a la politización creciente que Cipriani ha hecho de su cargo, lo cual no estaría necesariamente mal si no fuera porque solo lo hace a favor de un lado de la mesa.
¿A alguien se le ocurriría, por ejemplo, que Cipriani podría servir para tender puentes y construir soluciones en el conflicto reciente de Cajamarca? Eso sería imposible después de los esfuerzos que él ha hecho.
Por ejemplo, su abandono de la neutralidad que su cargo obligaba en la elección para hacer campaña por Keiko Fujimori; su defensa de la causa minera en el debate del impuesto extraordinario; o, para remontarse a un tiempo atrás, auscultar, con ánimo promotor, una eventual candidatura presidencial de Roque Benavides.
A mí me gusta escuchar su programa radial de los sábados ‘Diálogos de Fe’, pero no por su naturaleza religiosa, que no la tiene, sino porque es un programa político. En el de la semana pasada, por ejemplo, parecía ministro del Interior de un gobierno militar antes que autoridad religiosa.
Juan Luis Cipriani es hoy en día un cardenal que divide y polariza en lugar de convocar. Eso podría explicar que hace menos de un mes, cuando ya se veía que venía la andanada de conflictos sociales, advirtiera que “la iglesia no son los bomberos que nos llaman para apagar incendios cada vez a ver si hacemos milagros”.
Si el cardenal Péter Erdö interpreta bien lo que está pasando, quizá pueda darse cuenta de que el problema no es la PUCP sino que esto solo es señal de un asunto más de fondo.
Y, también, sugerir que al fortalecimiento del papel de la Iglesia Católica en el Perú le convendría que se traslade a Cipriani a Roma a un cargo de importancia en la burocracia del Vaticano, donde sería mucho más útil que en el Arzobispado de Lima.
