Por Augusto Álvarez Rodrich
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Más allá de una increíble cachetada presidencial.
Ya se sabe que la justicia peruana anda hasta el perno y por las patas de los caballos, pero hay indicios que apuntan a que la cosa estaría peor de lo que se podría pensar. Uno de los indicios se llama Javier Villa Stein.
Luego de confirmarse que, felizmente, no será candidato presidencial, el presidente de la Corte Suprema reapareció ayer, luego de unos días de silencio, y proclamó una pachotada que lo proyecta como alguien descontrolado y desaforado.
Porque convengamos en que, salvo que estemos en el Far West o en una selva africana dominada por gorilas, no es normal que el líder del Poder Judicial recomiende arreglar una controversia o responder a un agravio con puñetazos. ¿O no?
Aunque usted no lo crea, en este país de Ripley que es el Perú, donde el progreso económico coincide con el primitivismo institucional, el magistrado –es un decir– Villa Stein ha dicho sobre la cachetada propinada por Alan García que “ha sido prudente el presidente porque otro dignatario a lo mejor en vez de una cachetada le hubiera tirado un puñetazo; solo en un país de maricas se permite que se insulte a la gente sin hacer nada”.
O sea que, según Villa Stein, los líos entre personas se deben arreglar como ‘machazos’ a patadas y puñetazos y no con una ‘mariconada’ como plantear una demanda en la institución que él increíblemente preside. Eso es, más o menos, lo que también ha opinado el presidente García con una declaración que es más propia de un matón que de un estadista: “A este tipo de altercados siempre he respondido”.
Guardia dorada dixit.
A mí me parece lamentable que personas como el voluntario de Essalud Richard Gálvez León crean que pueden insultar a otras personas, como el presidente García, en su cara, llamándole corrupto. Esto ocurre en un contexto en el que se ha ido perdiendo en el Perú el control para no caer en la tentación del agravio fácil, algo en lo que muchos incurren con frecuencia creciente, desde ciudadanos, periodistas y hasta políticos como el propio García, cuya violencia verbal suele descontrolarse.
Pero peor que eso es que el jefe del Estado, quien debiera ser el principal garante de la legalidad, crea que puede meterle –rodeado y protegido por su seguridad– una cachetada a un loquito que lo agravia en la calle. Y peor que lo anterior es que luego mienta ante la evidencia de que así fue.
Y todavía peor que todo lo previo es la sensación de que Alan García promueva, con ‘cara de yo no fui’, que algunos medios de comunicación se callen la boca con este irritante incidente de un agravio al presidente, una cachetada como respuesta, y un aval judicial como cereza.
