Por Augusto Álvarez Rodrich
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Prensa y poder: mejor peleados que en arrumacos
El hecho de que estén con actitud ‘achorada’ dos políticos que suelen tener cordialidad y correa ante la prensa que no piensa como ellos, es señal de que el gobierno –o un sector de este– está molesto con el periodismo. Pero mejor sería que se les pase el malhumor pues recién estamos en la primera quincena del lustro y aún quedan 119.
Daniel Abugattás reflejó en El Comercio que el periodismo lo tiene –como diría Sergio Markarián– podrido. “Lapidarme.
Flagelarme, que es lo que les encanta a ustedes. Ustedes los periodistas disfrutarán”, señaló. A su vez, el canciller Rafael Roncagliolo se exasperó en varios pasajes de la entrevista de ayer en Diario 16. Los periodistas Milagros Leiva y Emilio Camacho podrían haber estado pesaditos con sus preguntas, pero para eso son las entrevistas, ¿no es cierto?, no para pasar franela.
Estas incomodidades coinciden con el oficio 020-2011-PCM que acota el margen de las declaraciones de los ministros para que no abran la boca “sobre asuntos de filosofía global y específicamente sobre modificaciones legales y constitucionales”.
Es obvio que el gobierno –o un sector de este– cree que la prensa origina sus problemas. Eso es un error. Quizá a algunos ministros les esté costando la adaptación al puesto, pues una cosa es con guitarra y otra con fajín. Esto significa que al académico o al político de oposición, la prensa les plantea desafíos distintos que a los que están en el gobierno.
Esto no implica dejar de reconocer que hay medios con mala leche hacia al gobierno, pero hoy estos no parecen ser la mayoría. Incluso, algunos que en la campaña actuaron de un modo subalterno ahora andan en fase de reacomodo ‘estratégico’.
Lo que pasa es que al gobierno en su conjunto le está costando el aterrizaje desde la campaña hasta la gestión pública, y eso lo lleva a confundir la crítica legítima –propia de una prensa con aspiración de independencia– con mala onda.
A los periodistas, por su parte, no debiera incomodarnos la incomodidad del gobierno. Primero, porque la prensa en su conjunto, en medio de su pluralidad y variedad, no trata bien a los políticos. Segundo, porque, salvo que la reacción del gobierno incluya romper el fair play elemental mediante chuponeos a periodistas, amenazas físicas, impedir el acceso a información pública, o la promoción de despidos, es mejor que la relación entre prensa y poder sea de distancia y tensión.
Las reacciones destempladas de los políticos contra la prensa no debieran producir chillidos ni protestas en el gremio. Por el contrario, debieran ser bien recibidas pues suelen ser ‘condecoraciones’ que, por venir de quien vienen, no vienen mal en este oficio. Los arrumacos son, por el contrario, una mala señal sobre el estado de la cuestión. ¿O quieren más condecoraciones? No se pasen, pues.
