Por Augusto Álvarez Rodrich
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Las iniciativas del Congreso para promover la cultura.
Un recuerdo de cuando hace ya muchos años, quizá hace tres o cuatro décadas, pasaba por la Plaza San Martín rumbo a la calle Belén, era una tela enorme que colgaba desde un balcón en donde el editor Liborio Estrada exponía el pomposo eslogan de su empresa: ‘Cultura, cultura y más cultura, hasta revolucionar al hombre’.
No se requieren muchas evidencias para demostrar que, desde entonces, es poco lo avanzado en el país para promover el nivel cultural de la población, pero la aspiración de lograrlo seguramente sigue siendo una antigua ambición nacional.
Imbuido de ese espíritu cultural, así como del propósito desesperado de agradar a una población ante la que se encuentra muy desprestigiado, el Congreso acaba de aprobar, en segunda votación, la creación del Ministerio de Cultura junto con el establecimiento de una ley del mecenazgo cultural.
Ambas iniciativas están desencaminadas, tal como se ha explicado en las semanas previas en este humilde espacio, lo que no significa que acá se esté en contra de un activo papel del Estado en la promoción de la cultura.
La cultura es un bien que la población desea pero que es escaso porque el sistema no lo suele ‘producir’ en la proporción deseada, lo que crea la oportunidad para una intervención estatal que corrija esta deficiencia.
Entonces, el Estado puede cumplir un papel importante para subsanar esta falla del mercado, pero es crucial que el mecanismo que se elija sea diseñado con inteligencia y sin demagogia. Un error en esta parte podría derivar en una forma de intervención equivocada que no solo no corrija el problema que apunta a resolver sino que, incluso, lo agrave.
En este sentido, apuntando a la decisión reciente del Congreso, el problema es que no se ha llegado a demostrar durante el debate parlamentario que la forma de organización institucional del Ministerio sea la más apropiada para promover la cultura. Ojalá que el diseño específico que se realice impida que se acabe fundando un mamotreto inservible.
De otro lado, la ley del mecenazgo es, de un modo camuflado, una exoneración tributaria que, además, deja abierta la calificación de lo que es y no es cultura y que, me temo, va a terminar siendo otro caballo de Troya a los que ya nos tiene acostumbrados un Congreso que suele estar más interesado en los fuegos artificiales que en los asuntos de fondo.
Finalmente, los promotores de estos mecanismos de promoción cultural debieran preocuparse de explicarle al país qué logros esperan alcanzar, por ejemplo, durante el lustro siguiente, con el fin de saber, al menos, qué se puede esperar de la revolución cultural que los anima.
