Por Augusto Álvarez Rodrich
alvarezrodrich@larepublica.com.pe
Los graves riesgos del deterioro del Congreso.
Ya es un antiguo lugar común decir –con toda razón– que el Congreso actual es el peor que se recuerde, pero aún no se encuentra la fórmula para frenar la alta posibilidad de que diremos lo mismo del siguiente. ¿Hay manera de impedirlo o, al menos, las ganas de evitarlo?
El Congreso envió el domingo una nota de prensa sobre su producción legislativa del período –con el raro encabezado “Se votaron 138 propuestas legislativas, 95 de ellas han sido publicadas”– cuyo objetivo es mejorar su imagen alicaída.
La mayoría es insignificante, pero incluso si no lo fuera, es decir, si fueran leyes importantes, sería imposible que se pudiera compensar la desastrosa impresión que ha dejado el Congreso en la legislatura que –felizmente– acaba de terminar.
El motivo es que en el último medio año se profundizó la crisis del Congreso debido al comportamiento lamentable de varios de sus integrantes que se esfuerzan por actuar como una partida de zamarros que solo están interesados en su beneficio particular o en el de sus amigos designados, lo cual ha dado lugar al surgimiento de diversos apelativos –según la naturaleza de la estafa– que alimentan a los programas cómicos.
La cereza del pastel fue el ‘ampay’ a su presidente en el que este decidió subsidiar un show artístico con recursos públicos y –peor aún– la manera como fue protegido por sus ‘compañeros’ (‘en el dolor, hermanos’) y el resto de partidos (‘otorongo no come otorongo’). Pero el problema del Congreso no es solo de aprovechamiento indebido de recursos públicos, sino de la mediocridad que le impide cumplir sus funciones esenciales.
Su trabajo legislativo es pobre; su capacidad de representación es baja pues pierde legitimidad con cada nuevo escándalo (las principales tendencias sociales no pasan por el Congreso ni son influidas por este); y la capacidad de fiscalización es casi inexistente salvo que se entienda por ello unas comisiones que parecen diseñadas para el autobombo o el enjuague político.
Todo ello explica su escaso 7% de aprobación en la opinión pública y la sensación justificada de que el próximo Congreso será todavía peor que el actual pues no existen incentivos para lograrlo. ¿Hay realmente ganas de mejorar su calidad?
Parecería que no, lo cual beneficia a los que les conviene un Congreso sin dientes para fiscalizar ni capacidad de analizar los proyectos que le ponen por delante para que, sin preguntar mucho –o a cambio de un viajecito, un terreno o un negocio– aprieten el botón que les indique su patrón de turno.
Y, también, a más de un golpista potencial dando vueltas para dar el zarpazo, lo cual se debe evitar a toda costa.
