Por: Augusto Álvarez Rodrich
¿Luis Favre ha dejado de asesorar a Ollanta Humala?
Ollanta Humala debe creer que Estados Unidos es un país embrujado en el cual, pudiendo redondear faenas políticas estupendas, se termina tropezando al caminar, solo, por atarse mal los pasadores.
Le ocurrió en julio pasado cuando, como presidente electo, tuvo la oportunidad singular de ser recibido por el presidente Barack Obama, pero no pudo capitalizarla políticamente porque, el mismo día, se supo que su hermano Alexis estaba en Rusia en citas indebidas por las que debió ser sancionado.
Ahora, cuando tenía la gran oportunidad de capitalizar políticamente su exposición en la Asamblea General de la ONU y su reunión con inversionistas, su absurda manera de encarar una entrevista periodística le volvió a perturbar los planes.
Ante la pregunta simple de si “descarta la posibilidad de reelegirse”, Humala ofreció evasivas que lo proyectaron como un intolerante y –peor aún– que resucitaron el fantasma de las rutas reeleccionistas con patada de tablero que han mellado la democracia y las instituciones en varios países de la región.
En vez de responder con la contundencia que mostró horas después en el twitter –’ni un día más, mi juramento con el Perú y la democracia fue y es: no a la reelección’–, pero a solo 113,318 seguidores, antes se enredó con un error que se amplifica porque Univisión tiene una amplia llegada; porque el periodista Jorge Ramos es el mismo que hace años le hizo la misma pregunta al hoy dictador Hugo Chávez; y porque Humala aún arrastra un déficit de confianza que crece con las metidas de pata.
Hay dos explicaciones para la evasiva. La primera es un combo conformado por el jet lag junto con una dosis de arrogancia creciente por la seducción del oropel falso del poder y un 70% de aprobación. La segunda es que Humala sueñe realmente con la reelección, lo cual implicaría desconocer su palabra empeñada en la campaña y un grave despropósito institucional.
Lo más probable es que la primera hipótesis sea la verdadera, pero su actitud durante la entrevista refuerza la sospecha de la segunda hipótesis en quienes aún desconfían de Humala.
Otro error fue la reacción también inexplicable del canciller Rafael Roncagliolo, quien sostuvo, sobre Ramos, que “fue impertinente este extranjero que insistió en que el presidente repita a su pedido cosas que están perfectamente claras”.
¿Qué entenderá Roncagliolo que es un periodista? Si tan claras están las cosas, ¿por qué el presidente no responde con claridad una pregunta simple planteada para un auditorio extranjero que no está al día de lo que ocurre en el Perú? ¿Si Humala responde de ese modo cuando su aprobación está en 70%, ¿cómo se pondrá cuando esta inexorablemente baje, como les ocurre a todos los presidentes peruanos? Finalmente, ¿Luis Favre ya no asesora al presidente?
