Por Augusto Álvarez Rodrich
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Un presidente que perdió agenda e iniciativa
Algunos, como el presidente Alan García, parecen paralizados por el súbito cambio de expectativas que han sufrido en solo dos meses, y que los hizo pasar de la euforia al susto y la desilusión.
A quienes atraviesan por ese duro trance habría que decirles que la cosa no es para tanto pues no estamos tan mal como creen ahora. Lo que pasa es que tampoco estábamos taaaaaan bien como ellos pensaban hasta hace muy poco.
El Perú ha atravesado por una fase inusualmente prolongada de crecimiento económico de casi cien meses, con una fuerte inversión y en la que se alcanzó el grado de inversión, lo cual ayudó a reducir pobreza y a elevar la aprobación del presidente hasta, hace tres meses, un tercio de la población.
Pero mientras ello sucedía, algunos recordaban que, no obstante todos los éxitos innegables que se han alcanzado en el país, todavía somos una sociedad con más de la tercera parte de pobres; graves y antiguas tensiones sociales acumuladas; un gobierno sin capacidad de prever qué bombas están por explotar; y un sistema político incapaz de procesar –con oportunidad y realismo– los crecientes conflictos sociales.
Sin embargo, para los que no querían ver esos problemas, y llamaban ‘conspiradores’ a quienes los comentaban, lo ocurrido fue un baldazo de agua helada. El punto de quiebre fue la crisis amazónica, la cual dejó la percepción de un gobierno debilitado –sin que esto haya fortalecido a la oposición– que muchos quieren aprovechar para arrancarle algún beneficio.
Ello se refleja en la proliferación de protestas, paros y movilizaciones sectoriales y regionales. Mientras el gobierno advierte en ello la conspiración articulada del chavismo –y lo combate con avisos en el zanjón–, es obvio que esto solo es el efecto imitación después del contundente K.O. selvático.
Pero, a pesar de los problemas que ya se perciben, el Perú sigue teniendo una situación razonablemente buena y superior a la mayoría de países de la región. Lo que está faltando, sin embargo, es liderazgo político para manejar la situación, algo que –se supone– era la especialidad del presidente, y promover un optimismo realista cuando es obvio que se está perdiendo.
Por ser alguien que se siente predestinado para el éxito, al presidente García parece estarle costando la recuperación después del brusco cambio de perspectiva, pero es indispensable que supere pronto la imagen peligrosa que hoy proyecta de carecer de agenda clara, y de haber perdido el rumbo y la iniciativa política.
El anuncio del nuevo gabinete constituye, de este modo, una magnífica oportunidad para que el presidente demuestre que todavía le quedan reflejos para reaccionar y salir adelante.
