Por Augusto Álvarez Rodrich
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Más ideas para entender al que cambia de partido
Desde que Vladimiro Montesinos compraba congresistas –además de políticos, jueces, militares, empresarios, broadcasters, periodistas y todo lo que Alberto Fujimori necesitaba–, y La República fuera el primer medio que la puso en portada para aludir, con razón, a estos miserables, la palabra tránsfuga ha tenido muy mala prensa. Pero una perspectiva completa de este problema que erosiona la democracia requiere ver ‘el otro lado de la luna’.
El DRAE tiene tres definiciones de ‘tránsfuga’. Una es neutra (“persona que pasa de una ideología o colectividad a otra”) y dos negativas: “persona que con un cargo público no abandona este al separarse del partido que lo presentó como candidato” y “militar que cambia de bando en tiempo de conflicto”.
Es evidente que el fenómeno del tránsfuga perjudica significativamente a la democracia y a los partidos que la sustentan, cuya solidez debiera ser una expresión inequívoca de un sistema político sano. Perjudica tanto como los ‘vientres de alquiler’ que, en cada nueva elección, se buscan un nuevo burrier que transporte y trafique con su deseo de permanecer en la vaina.
Pero el problema del tránsfuga también se origina por otras graves deficiencias de los propios partidos políticos en los que el poco espíritu democrático y la arbitrariedad de sus líderes acaban expulsando a algunos de sus mejores cuadros.
Hasta donde se sabe, la mayoría de tránsfugas de estos días no están motivados por un sobornador como Montesinos que los haga jurar “¡Por Dios y por la plata!”, sino por otros factores que es necesario entender para tener la película completa y que podrían explicar al menos una parte de los casi cinco mil ciudadanos que han registrado en el JNE su renuncia a su ‘partido de origen’ para postular por otro (aunque quizá el ‘partido de origen’ esté en varias agrupaciones más atrás que la última).
Los que se cambian de partido político por plata o alguna prebenda son unos miserables. Y los que lo hacen por el afán de mejorar su perspectiva en la siguiente elección, unos oportunistas. Pero, ¿qué pasa con los que se van hartos de que unos cuantos dirigentes administren el partido como su chingana o carrito sanguchero, o como el gamonal de la chacra que usa a los cuadros intermedios como peones o chulíos para sus fines particulares, sin siquiera tomarse la molestia de consultarles su opinión sobre lo que van a hacer o, al menos, de informarles?
En estos tiempos de la portabilidad numérica que mejora la competencia en los celulares, habría que entender los factores detrás de esta especie de portabilidad política. Hacen bien los que critican al tránsfuga porque este debilita a los partidos y, por tanto, a la democracia, pero también debieran prestarles atención a los gamonales de chacra cuyo comportamiento también daña mucho al sistema político.
