Por Augusto Álvarez Rodrich
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El atractivo fatal del presidente Alan García ante la prensa.
Los casi diez meses que le quedan a Alan García en la Presidencia van a significar un deterioro profundo en las condiciones para la libertad de expresión en el país por su pretensión de que la prensa solo hable maravillas de él y –¡oh problema!– no todos los periodistas están dispuestos a inscribirse en su ya bastante nutrido club de fans.
El ultimátum lo planteó ayer en Cañete cuando proclamó que los medios que han podido entrevistar a Richard Gálvez León –el voluntario de Essalud abofeteado por el presidente García luego de que él lo insultara primero– “tendrán que explicar” su línea informativa.
¿Desde cuándo los medios tienen que explicar sus políticas informativas y editoriales a otros que no sean sus lectores o su audiencia? ¿Por qué deberían hacerlo? ¿A quién? ¿A él? ¿O, como es su costumbre, García volverá a presionar a ejecutivos y empresarios del sector con el fin de conseguir, mediante una combinación de seducción con chantaje, esas coberturas periodísticas de tono chupamedias y aderezadas que tanto le gustan?
El gobierno aprista tiene, aunque algunos quieran ocultarlo, las manos sucias en materia de libertad de expresión: cierre de medios como La Voz de Bagua entre otros; censura a artistas como Piero Quijano; concesión de indultos amañados como el de José Enrique Crousillat para amenazar a los propietarios de América TV –este diario y El Comercio–; uso de la Sunat como ganzúa para controlar Panamericana TV; uso arbitrariamente discrecional de la publicidad estatal; maniobras para despedir periodistas; o iniciativas en el Congreso para hostilizar a quienes realicen coberturas incómodas como Rosa María Palacios.
Todo esto ha ocurrido, lamentablemente, con la complicidad de otros periodistas que han actuado como esbirros que atacan con la mentira o, simplemente, dejando de informar que es una de las mejores maneras de mentir.
El presidente García no cree mucho en la libertad de expresión, especialmente cuando esta implica una información que no le convenga, como es el caso lamentable del incidente en el Hospital Rabagliati, donde todo estuvo mal: el agresor Gálvez; el cachetadón de García; la invención de una mentira como coartada; y la vergonzosa invitación del presidente del Poder Judicial para que se aplique la justicia con las propias manos.
El presidente García quiere despedirse de su segundo gobierno con todos los honores que merecería el salvador de la patria que él se cree, sin darse cuenta de que no haber metido la pata, como en su primera administración, no le otorga ese laurel.
Sin embargo, no está dispuesto a que algún periodista, con la ilusión de ejercer la libertad de expresión, y de diferenciarse del montón de ayayeros que ya tiene, se le cruce en el camino. La cachetada avisa.
