Por Augusto Álvarez Rodrich
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El viaje de Alan García a la juramentación de Piñera.
Dicen que el presidente Alan García no estaba seguro de asistir a la ceremonia de cambio de mando de hoy en Santiago –que será austera por el terremoto–, pero que se convenció apenas supo que Michelle Bachelet dejará La Moneda con una aprobación de 84%, pues no quiere perderse la oportunidad de pedirle la receta.
Bromas aparte derivadas de este elevadísimo respaldo –que en Chile explican por la ‘cariñocracia’ creada por la actitud matriarcal de la última presidenta de la Concertación–, no hay duda de que es acertada la decisión del presidente García de estar presente hoy en Santiago en la juramentación de Sebastián Piñera, al igual que lo fue su viaje de la semana previa para ser uno de los primeros presidentes que fueron a Chile para transmitir la solidaridad peruana por la tragedia del terremoto.
Sin dejar de reconocer las diferencias pendientes de solución, no hay que desaprovechar oportunidades para labrar espacios para una relación que sea mutuamente beneficiosa.
Esa fue la intención de los dos países al inicio de la era Alejandro Toledo-Ricardo Lagos y, también, de la García-Bachelet, cuando la presidenta chilena vino al cambio de mando, cantó el himno peruano y desfiló en la parada militar. En los dos casos, sin embargo, pronto surgieron nubes oscuras en el horizonte.
La relación entre Perú y Chile siempre será compleja y estará llena de baches; del espía, por ejemplo, nunca se tuvo respuesta y ya terminó el gobierno de Bachelet. Pero, a veces, surgen oportunidades para mejorar la confianza bilateral. La llegada de Sebastián Piñera a La Moneda puede ser una de ellas.
Por un lado, por la buena relación que hizo con García cuando vino a Lima hace un tiempo; es más, parecía que Piñera era ‘su’ candidato preferido en la reciente elección chilena.
Por el otro, porque Piñera significa la llegada a La Moneda de alguien que –a diferencia de sus predecesores de las últimas décadas– sí cree en el esquema de ‘cuerdas separadas’. Esto significa aislar el proceso de La Haya por el diferendo limítrofe de los otros aspectos de la relación bilateral, especialmente de los económicos y comerciales que el nuevo ‘presidente-empresario’ seguramente querrá priorizar.
Por ello, me ratifico en lo señalado en esta columna en enero pasado sobre la conveniencia de que, en función de la circunstancia, el presidente García viajara al cambio de mando. El momento actual, sin duda, lo es. Por la tragedia del terremoto que debe merecer nuestra solidaridad indeclinable; por la actitud del nuevo jefe de estado chileno; y porque, además, ni corto ni perezoso, Evo Morales llegó ayer a Santiago para jugarse una pichanguita futbolera con Piñera y tratar de replicar con él la buena relación que tuvo con Bachelet en perjuicio de la relación chilena con el Perú.
