Gobierno cometería suicido político si blinda a Chehade.
La mejor defensa –dicen– es el ataque, y esa es la estrategia que habría escogido el gobierno ante el escándalo protagonizado por Omar Chehade, pero el presidente Ollanta Humala cometería un suicidio político si es que al final decide blindar a su cuestionado vicepresidente.
La presentación de Chehade anteayer en la Comisión de Ética del Congreso estuvo llena de contradicciones, no solo en relación con la versión de los tres generales que participaron de la cena en La Cava –el salón privado de Las Brujas de Cachiche– sino, también, frente a las declaraciones hechas hace apenas un par de semanas por el propio vicepresidente.
Las contradicciones fueron abundantes, y su versión fue, por momentos, increíble, sobre varios aspectos tales como si en la cena se habló del desalojo de Andahuasi; sobre el motivo aducido para convocar la reunión; o en relación con la razón por la que asistió el general Abel Gamarra al piqueo de anticuchos.
Hasta el miércoles –cuando Chehade se presentó en la Comisión de Ética–, parecía que el gobierno y la bancada de Gana Perú respaldaban la investigación al vicepresidente hasta las últimas consecuencias. Pero algo debe haber ocurrido entre esa noche y el pleno del Congreso de ayer por la mañana pues, entonces, fue evidente el propósito de desprestigiar a los miembros de la Comisión de Ética, empezando por su presidente, Humberto Lay, a quien acusan de haber adelantado opinión, al igual que a otros integrantes de ese grupo de trabajo.
Con el biombo de la falta de neutralidad de la comisión, algunos parlamentarios de sólida trayectoria fiscalizadora han emprendido esa penosa y lamentable cruzada –en el Congreso y en los medios– sin que se les deje de ver el fustán de la intención de enjuagar la cuchipanda de Chehade.
¿Qué puede haber ocurrido en tan breve lapso para motivar el súbito cambio de opinión del partido Gana Perú? Por un lado, podría ser la creencia de que la salida tan pronta del vicepresidente constituiría un fuerte revés político que desgastaría al gobierno. Por el otro lado, no se puede descartar que Omar Chehade haya transmitido el mensaje a Palacio de todos los secretos que él puede revelar –incluyendo el caso Madre Mía o manejos irregulares de campaña– si es que lo dejan caer.
El costo para el gobierno de llevar la investigación de Chehade hasta las últimas consecuencias puede ser, en efecto, significativo, pero siempre será menor que el de empezar, tan pronto, a tapar cuchipandas por razones políticas, especialmente para un presidente que hizo de la lucha anticorrupción su bandera principal para llegar al cargo, pues más lamentable que ser un corrupto es ser un encubridor del delito usando el poder de un puesto político.
