En las últimas semanas se viene desarrollando, en varios artículos interesantes, un debate sobre el futuro de la izquierda y la derecha en el país. ¿Podrá ser el fujimorismo el partido de la derecha? ¿Será el reemplazo del PPC? ¿Podrán “las izquierdas” tener un proyecto de unidad? ¿Cómo se ubicará el Apra? ¿Qué papel jugará en este reacomodo institucional Gana Perú, o mejor dicho Humala?
Se espera, casi por definición, que quienes en el Perú representan ese amplio universo llamado izquierda sean los grandes agentes del cambio. Llámelos progresistas o revolucionarios. Los grandes cambios sociales deberían venir en sus banderas. Del mismo modo, se espera que la derecha sea y se comporte socialmente como la fuerza conservadora que preserva el statu quo. Mercantilistas, buscando rentas del Estado, ocasionales aliados de la Iglesia o las Fuerzas Armadas, es ahí donde se ubica a los conservadores. En el choque de estas tendencias políticas se construye una sociedad. Ambas tendencias son pues imprescindibles para la salud de la vida política.
Ahora, hagamos un ejercicio simple. Tomemos las noticias de los últimos días y asignemos como conservadores o progresistas los siguientes enunciados: “Los textos escolares tienen que ser los mismos que los que los adultos usaron de niños ¿por qué encarecerlos con interactividad?” “Los paisajes no pueden ser alterados, deben ser perpetuos. La tecnología y la innovación deben ser miradas con recelo y cuidado”, “El sistema institucional peruano no está preparado para obras de ingeniería que involucren altos estándares de supervisión, por eso deben impedirse”, “Los precios no pueden cambiar y deben ser regulados por el Estado”, “Queremos una mayor participación de la renta minera”.
La respuesta es sencilla. Todos son enunciados conservadores. Lo sorprendente, sin embargo, es que corresponden a tesis planteadas de una forma u otra por personas o colectivos identificadas con la izquierda.
Es la defensa del statu quo, inamovible, de aspiración perpetua, que tanta tranquilidad suele dar a quien creer tener algo o mucho que perder. El cambio, hay que decirlo, puede ser aterrador para las grandes mayorías. El miedo ha sido muy popular en el Perú. El “no shock” de Fujimori (también apoyado por la izquierda) es un ejemplo clásico. Un país quebrado, que requería de medidas económicas de rescate desesperado, votó por el “no cambio”.
Del mismo modo, desde 1990 hasta hoy, la izquierda peruana ha acentuado su entusiasmo por el mercantilismo rentista, el estatismo (o la mera aspiración burocrática) y el pesimismo ambiental. Y mientras siga ahí estará perdida en un laberinto. Ojalá, algún día cercano despierte y construya, racionalmente y con banderas que representen el progresismo perdido, los grandes cambios que la sociedad espera, que la vida política del país requiere. Mientras tanto, no se rompan la cabeza preguntándose ¿por qué fracasó la izquierda en el Perú? ¿No es obvia la respuesta?
