Por Federico Salazar
El desabastecimiento de GLP ha puesto en evidencia la incapacidad del gobierno de prever. También ha revelado las ideas equivocadas que predominan en el gobierno sobre el mercado.
“Se trata de unas condiciones anómalas en el mar”, han dicho las autoridades. ¿Es ésa una justificación para que nos quedemos sin Gas Licuado de Petróleo?
Si así fuera, quedaríamos en manos de la naturaleza. Habría que invocar a los dioses del mar y de la luna, y ponerse a rezar. Ésa, por supuesto, no es una solución.
No puede ser que el abastecimiento de un recurso estratégico dependa de cómo vienen las corrientes y las olas. La falta de previsión nos devolvió al tiempo de las carretas: hubo que traer el GLP, efectivamente, por vía terrestre.
Lima y Callao consumen un poco más de dos mil toneladas diarias de GLP. Un buque puede traer, en un solo viaje, 17 mil toneladas. Es absurdo que Lima quede desabastecida por días sólo porque no hubo previsión.
¡Pero es muy caro hacer un gasoducto!, dice el gobierno, como si ésa fuera la solución. Si alguien quiere hacerlo, en buena hora. Pero si no lo tenemos (y no lo tenemos), hay que desarrollar otras formas de previsión.
Lima debe tener reservas. Las tiene. Sin embargo, recién el día 6 el gobierno autorizó el uso de las reservas que las empresas están obligadas legalmente a mantener.
Estoy seguro que aun contando con un gasoducto, podría surgir una circunstancia imprevista. Este gobierno le echaría la culpa a un terremoto, a una lluvia o a un cambio climatológico.
Con o sin ducto, debemos tener un sistema de reservas en Lima. “¡Hace veinte años no ocurría este oleaje anómalo!”, escuché decir al presidente del Consejo de Ministros. Los gobiernos, evidentemente, tienen que ponerse en ese tipo de casos.
Cuando empezaron a subir los precios el gobierno planteó fiscalizar los precios. “Hay que ver si el mayor costo del transporte terrestre corresponde al alza del gas”, dijo el gobierno.
Los precios, sin embargo, ¡no tienen que ver con los costos! Es increíble que una administración dirigida por Alan García no haya aprendido la lección de su primer gobierno.
Los precios tienen que ver con la sensación de la gente. La peor receta es controlarlos policialmente. Eso aumenta la inseguridad, el temor y da pie a mayor especulación.
Por lo menos para eso debería servir esta crisis. Para revisar la capacidad de previsión del gobierno y para revisar sus ideas sobre los precios.
