La incapacidad del presidente Humala para responder por los inaceptables privilegios de su hermano Antauro, o para conducir la batalla desatada por el gobierno contra la minería ilegal, muestra una vez más su clamorosa falta de liderazgo.
El problema se complica para el gobierno porque no hay nadie que pueda suplir esa carencia. El premier Valdés compite en silencios con el mandatario, y cuando habla suele meter la pata o decir cosas insustanciales. Además, muy pocos creen que tenga ahora un peso importante en el gobierno.
Ningún otro ministro asume tampoco un papel protagónico, probablemente porque están más interesados en conservar el puesto que en otra cosa. Para ello lo más recomendable es, sin duda, el perfil bajo.
El presidente del Congreso, prominente miembro del partido de gobierno, es un desastre, está enredado en los problemas que él mismo crea y difícilmente puede asumir el papel de vocero del régimen.
La lideresa
Caso aparte es, por supuesto, el de la primera dama Nadine Heredia que, como se ha dicho en las últimas semanas, es la que interviene concluyentemente en muchas de las decisiones más importantes del gobierno.
En los últimos días ella ha encabezado la operación para intentar meter bajo la alfombra el asunto de Antauro, tratando de poner en primer plano la lucha contra la minería ilegal. Es una maniobra muy obvia pero que quizás podría darle algunos resultados.
El jueves, cuando apareció fugazmente y le preguntaron sobre los privilegios de Antauro, respondió sobre la minería. Antes, muy temprano en la mañana, fue la primera en marcar la pauta del gobierno después de los muertos y heridos de Madre de Dios: “No hay paso atrás. El Perú se une contra minería ilegal que destruye y empobrece”.
Lo positivo de la aparición de Nadine es que marcó la pauta de lo que son, por lo menos, las intenciones del gobierno. (Habrá que ver si se corresponden con la realidad).
El problema es que ella no tiene formalmente ningún cargo en el Estado. Es decir, no asume ninguna responsabilidad. Ese es, por supuesto, el mejor de los mundos: tomar las decisiones y no asumir las consecuencias.
Si dice que el gobierno no dará un paso atrás, está advirtiendo que no habrá modificación de las normas que penan la minería ilegal y que la represión sobre los revoltosos continuará.
Muchos pueden estar de acuerdo con eso. La pregunta es ¿quién es Nadine para tomar esa decisión y comunicarla al público?
¿República democrática?
La esencia del sistema democrático y republicano es que el que toma las decisiones responde por ellas. El Presidente de la República, salvo en casos excepcionales, está protegido constitucionalmente, pero sus responsabilidades pueden ser evaluadas cuando finalice su mandato.
En el caso de las flagrantes irregularidades de la situación de Antauro Humala, quienes asumen la responsabilidad son el jefe del INPE y el ministro de Justicia. Si la democracia operara medianamente en el Perú, ellos deberían haber renunciado o ser censurados.
Aunque es obvio que quien ordenó conceder los privilegios a Antauro fue su hermano el Presidente, los funcionarios deben pagar los platos rotos.
Nadine toma decisiones pero no asume las consecuencias.
Silencio ominoso
La parquedad de Ollanta Humala le resultó un buen negocio al principio. La comparación con la verborrea inagotable de Alan García lo favorecía, como le ocurrió a Alberto Fujimori que también sucedió a García.
Pero Humala no es frugal en alocuciones y apariciones por natural moderación, sino porque no es capaz de articular un discurso coherente y no tiene la entereza para asumir las situaciones críticas.
No es un Valentín Paniagua, un hombre culto, con ideas, buen orador, pero circunspecto y discreto.
Hasta el momento de escribir estas líneas, Ollanta no ha dado la cara y no ha hecho lo que tenía que hacer: reconocer su error, asumir su responsabilidad por los privilegios de Antauro, y anunciar su traslado a una prisión común, como corresponde.
Este “asunto menor” como dice ahora la gente del gobierno, le ha creado complicaciones políticas significativas. La encuesta de Datum consigna una caída de tres puntos en la popularidad de Humala, aunque solo ha captado la primera parte del escándalo.
Eso sin duda debilita al gobierno para un “asunto mayor”, la confrontación con los mineros ilegales, cuyo resultado a su vez, será decisivo para el inevitable choque con los antimineros de Cajamarca por Conga, que es un asunto ”súper mayor” porque tendrá una influencia decisiva en el futuro de muchas inversiones y en los conflictos de los próximos años.
