Si las barbas de tu vecino ves arder, pon las tuyas a remojar, dice el antiguo refrán castellano. Y eso es lo que han hecho varios presidentes latinoamericanos después de la destitución del presidente paraguayo Fernando Lugo.
EMPEZÓ EL COLLOR
El método del juicio político para deponer presidentes tiene ya dos décadas en América Latina. Fue inaugurado en Brasil en 1992, con el recién electo presidente Fernando Collor de Mello y ha ocurrido en todos los países de Sudamérica, salvo Colombia (aunque hubo varios intentos frustrados) y Chile. En algunos en varias ocasiones, como en Ecuador y Bolivia.
Desde principios de la década de 1980 y sobre todo desde la caída del Muro de Berlín (1989) y la disolución de la URSS (1991) la política de los Estados Unidos cambió sustancialmente. De propiciar o respaldar golpes militares anticomunistas en AL, pasaron a oponerse y prohibir los golpes de cualquier signo, y a alentar y sostener la democracia. El resto de países desarrollados secundó esta política.
Los cambios en las Fuerzas Armadas y las élites civiles apuntaron en la misma dirección.
De hecho, el último golpe militar exitoso se ejecutó en Bolivia en 1982, y no duró mucho tiempo.
El cientista político de la universidad de Pittsburgh Aníbal Pérez-Liñán afirma que en este nuevo contexto caen los gobiernos elegidos democráticamente, pero no se derrumban los regímenes democráticos. (“Juicio político al presidente y nueva inestabilidad política en América Latina”, FCE, 2009).
Según Pérez-Liñán, si las élites civiles ya no pueden convocar a los militares para que intervengan, tienen que encontrar mecanismos constitucionales o semiconstitucionales para resolver sus disputas. El juicio político es un instrumento poderoso para ello.
CONDICIONES
Naturalmente, la destitución de un presidente no se produce solamente porque una mayoría del Congreso quiere derrocarlo. Pérez-Liñán observa que, además de la negativa de las Fuerzas Armadas a intervenir, las otras condiciones son las denuncias y campañas de los medios de comunicación y las protestas populares.
En el Perú, en noviembre del año 2000, Alberto Fujimori huyó del país y renunció desde el Japón por temor a que el Congreso lo destituyera y procesara, cosa que en efecto ocurrió, porque su renuncia no fue aceptada.
Pero eso fue consecuencia de una movilización popular desde 1998 que tuvo su punto sobresaliente en la Marcha de los 4 Suyos, de las denuncias de corrupción que culminaron con el escándalo del video del soborno de Vladimiro Montesinos a Alberto Kouri y, finalmente, el quiebre de la alianza entre Fujimori y Montesinos que posibilitó el cambio de la correlación en el Congreso.
Un elemento muy importante fue la existencia de un liderazgo claro en la oposición, encarnado por Alejandro Toledo, que impulsó decididamente la destitución de Fujimori.
GARCÍA NO PUDO
Un intento fracasado fue el de Alan García el 2004. En ese momento García trató de destituir al presidente Alejandro Toledo. Tejió una amplia alianza para controlar el Congreso, cosa que logró en julio de ese año.
Los escándalos mediáticos se sucedían uno tras otro, y aunque eran por motivos menores, creaban un ambiente propicio. Sin embargo, le faltó un elemento decisivo, la movilización de masas. Las protestas sociales ya estaban decayendo, la economía crecía, y no había una organización sindical o social fuerte y representativa que las condujera. El paro nacional del 14 de julio de 2004, el de la patadita, fue un fracaso, y García tuvo que resignarse a esperar el 2006.
¿HUMALA EN PELIGRO?
Gregorio Santos hace algunas semanas ya lanzó la idea de derrocar a Ollanta Humala. Sin duda le encantaría hacerlo, a él y a sus camaradas izquierdistas desencantados, frustrados, traicionados. Sin embargo, sus posibilidades son escasas.
No hay un movimiento social fuerte, organizado y con una dirección reconocida. Los estallidos pueden ser muy violentos, pero son locales y específicos.
En el Congreso no hay una mayoría interesada en deponer al presidente. Al contrario, su derechización le ha ganado una amplia simpatía. Y, muy importante, no hay un liderazgo definido y legitimado que tenga la intención de tumbarlo. Keiko Fujimori –contrariamente a lo que dicen los izquierdistas– no es igual a su padre, no tiene un Montesinos a su lado y no parece encaminada a forzar un adelanto de elecciones. Tampoco ninguno de los otros líderes políticos.
No obstante, todavía no se ha cumplido un año de gobierno y Humala ha mostrado impericia y falta de liderazgo. Haría bien en poner también sus barbas en remojo y tratar de corregir sus errores.