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Perú frágil

Por Fernando Rospigliosi

Hace un año un optimismo desbordante reinaba en el Perú. El espectacular crecimiento de la economía llevaba a muchas personas a creer que estábamos entrando a una nueva etapa en nuestra historia, que nos enrumbábamos decididamente al desarrollo. Hoy hemos vuelto a la realidad. El Perú es un país subdesarrollado y pobre, con múltiples fracturas, con un Estado débil y muy corrupto, gobernado por políticos incompetentes.

Después de 188 años de vida republicana, los peruanos no hemos podido romper el círculo vicioso de la herencia colonial que cargamos como una pesada lápida sobre nuestros hombros. Centralismo, racismo, caudillismo, debilidad institucional, fragmentación, corrupción, son algunos de los problemas que arrastramos desde hace siglos.

No existe, por supuesto, un determinismo absoluto que nos condene a no poder librarnos de esas taras. De hecho algunos países han superado algunas, como por ejemplo nuestro vecino Chile. Sin embargo, nosotros seguimos enredados en los mismos problemas.

VOLUNTARISMO SIN FUNDAMENTO

En el CADE del año pasado, el presidente Alan García garantizó algo a lo que no podía comprometerse: el Perú crecería el 2009 al 6.5%. Algunos saludaron eso no como un pronóstico realista sino como una muestra de optimismo necesario.

Es decir, hay que engañar a la gente para que crea que nos va a ir bien, y si lo creen, eso ayudará a que las cosas vayan bien. Una manifestación de un voluntarismo primitivo, muy propio de García. Hoy día sigue criticando a los pesimistas –en verdad, realistas bien informados– y lanzando pronósticos descabellados que solo minan su escasa credibilidad y desprestigian a los ya impopulares políticos.

Solo en parte es culpa del gobierno, por cierto. La crisis internacional nos tenía que golpear de todas maneras.
El punto es que estamos muy lejos de tener una economía sólida, a prueba de golpes externos, a pesar de que los años de crecimiento sostenido y un manejo responsable de la economía han ayudado a atenuar el impacto.

SE DESINFLA EL GLOBO

La crisis de Bagua mostró todas las debilidades profundas del Perú. No del “modelo neoliberal”, como dicen interesadamente los izquierdistas, sino de los problemas de siempre.

El centralismo, el racismo, el profundo desprecio por los nativos, expresado varias veces de manera brutal por Alan García –a pesar de que es un político acostumbrado a disimular y engañar–, estuvieron presentes en los acontecimientos. Eso, repito, no es nuevo, tiene por lo menos cinco siglos y no es patrimonio de García sino de casi toda la élite.

No necesariamente tenía que producirse una matanza de esas dimensiones. Pero tampoco ocurrió por azar. Una de las más caracterizadas dirigentes del partido de gobierno –está entre los tres o cuatro más importantes– estaba en el Ministerio del Interior, y resultó una inepta total. Ella es una representante apropiada de lo que es la clase política peruana.

El comportamiento de los mandos policiales fue deplorable. Tampoco es casualidad. Muestra la situación de descomposición de la Policía Nacional, llevada al extremo en estos tres años de gobierno aprista.

DESCONFIANZA Y VIOLENCIA

Lo que ha venido después es igualmente característico de lo que es el Perú. Todos tratan de sacar partido de la situación y estallan movimientos violentos en Andahuaylas, Sicuani, La Oroya, Chumbivilcas. Grupos a los que se les ha prometido carreteras, irrigaciones o cualquier otra cosa, y que han sido sistemáticamente engañados, reaccionan con rabia cuando ven la oportunidad de ser escuchados.

O, sin ir muy lejos, las huelgas de transportistas de las últimas semanas. Los típicos representantes de lo que hace tres lustros denominé “cultura combi” se oponen a un nuevo reglamento de tránsito.

MÁS LEYES SEVERAS E INÚTILES

Difícil solidarizarse con gente que atropella brutalmente las reglas todos los días. Pero imposible no entenderlos cuando se descubre que el nuevo Código de Tránsito es absurdamente severo, sobre penalizando las faltas. Y que el gobierno lo promulga a sabiendas de que el problema no está allí sino en las autoridades encargadas de hacerlo cumplir.

Lo que hace que el tránsito sea como es, caótico y violento, es que las reglas no se cumplen porque la Policía, los funcionarios del Ministerio de Transportes, el Poder Judicial, etc., son ineficientes y corruptos.

Pero cambiar eso significa afrontar reformas institucionales que el gobierno ni quiere ni puede hacer. Entonces hace lo fácil, dicta un nuevo código que todo el mundo sabe que no se va a cumplir, ni va a cambiar la anarquía y el desorden del tránsito. A lo más, aumentará las coimas, como dicen los taxistas.

El viejo aforismo colonial, la ley se acata pero no se cumple, en toda su plenitud.

En suma, igual que los últimos cinco siglos: ¿hay un problema? Una nueva ley, que todos sabemos que la mayoría no va a respetar, sobre todo los que tienen dinero y poder.

¿Algún día podremos salir de este círculo vicioso? Quizás. Pero no será en el futuro cercano. Entretanto, seamos felices con lo que tenemos y alegrémonos por no estar peor.

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Fernando Rospigliosi Fernando Rospigliosi

Nació el 25 de febrero de 1947 en Lima. Estudió sociología en la Pontificia Universidad Católica del Perú.
Ha trabajado como profesor e investigador académico de la Facultad de Ciencias de la Comunicación de la Universidad de Lima, editor y columnista del semanario “Caretas” y comentarista del Canal N de televisión. Ha sido investigador del Instituto de Estudios Peruanos, IEP.
Se desempeñó como Ministro del Interior en dos ocasiones durante el gobierno de Alejandro Toledo y Presidente del Consejo Nacional de Inteligencia (CNI), la agencia de inteligencia del Estado.
Actualmente escribe la columna "Controversias" en el diario La República y conduce "Llanta de prensa", en ATV+.