Por Ángel Páez
Uno de los reporteros más respetados del planeta, Ryszard Kapuscinski, solía decía que para hacer periodismo uno tiene que ser ante todo una buena persona, “porque el cínico, la mala persona, no sirve para este oficio”. Es decir, uno debe ponerse del lado de la justicia y la verdad, dos valores fundamentales del ejercicio periodístico. Al dictarse la sentencia para Alberto Fujimori, muchos periodistas que no estaban de acuerdo con el fallo –sin ni siquiera haber leído el texto completo del mismo– salieron del clóset fujimorista para afirmar que la condena era exagerada, injusta o desproporcionada. Hombres de prensa que jamás informaron u opinaron sobre las masacres de Barrios Altos y La Cantuta durante los años duros del fujimorato –y mucho menos contribuyeron con alguna indagación o revelación sobre ambos crímenes– rechazaron la resolución del tribunal presidido por César San Martín no por una convicción forjada en la necesidad de que se conozca la verdad sino en la simpatía o adhesión al ex jefe de Estado, simpatía y adhesión que mantuvieron ocultas a sus lectores, oyentes y televidentes hasta que se conoció la sentencia.
Ese tipo de personas que anteponen sus sentimientos por un reo, renunciando a su obligación de informar a la ciudadanía con la verdad, no son buenas personas y, por lo tanto, son cínicos. Y lo que hacen, aplicando el criterio de Kapuscinski, no es buen periodismo. Es el peor de todos porque embauca, sorprende y miente. Fujimori es un tonto porque gastó dinero público comprando periodistas, cuando había muchos que le profesaban pleitesía.
