Por Ángel Páez
En una memorable crónica sobre el general Augusto Pinochet, el periodista John Lee Anderson le arrancó la siguiente frase al chileno: “Los dictadores nunca terminan bien”. Y al caudillo militar Charles Taylor, “El carnicero de Liberia”, le hizo confesar que había hecho más por la democracia en el mundo que todos los presidentes norteamericanos juntos. Cada sátrapa escoge su propio epitafio, como lo demostró otro reportero enorme, el italiano Riccardo Orizio, quien en su libro Hablando con el Diablo publicó una galería de criminales que llegaron a gobernar sus países, entre ellos el etíope Hailé Mengistu, el polaco Wojciech Jaruzelski, el haitiano Jean-Claude “Baby Doc” Duvalier, el ugandés Idi Amin Dada y el emperador centroafroamericano Bokassa. Por supuesto, ninguno admitió los asesinatos que ordenó ni la corrupción que imperó en sus gobiernos. Todos asumieron que fueron los salvadores de sus respectivas naciones. Todos señalaban, también, que eran víctimas de falsas acusaciones. Y todos revelaron manifestaciones de megalomanía. Jaruzelski llegó a afirmar que esperaba que la historia lo recordara como el hombre que facilitó el derrumbe del muro de Berlín, por ejemplo. El gran Ryszard Kapuscinski relató desde adentro las satrapías de Haile Selassie y Mohammad Reza Pahlevi con una precisión devastadora para que el mundo no olvidara que también hay sátrapas que se creen dioses. Pero, como dice Kapuscinski, nada dura para siempre. Pinochet tenía razón, y Alberto Fujimori lo sabrá cuando reciba su condena.
