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Albert Camus

Por Federico de Cárdenas

En enero de 1960, Camus había recibido el año con su esposa Francine y los gemelos Jean y Catherine, en el sur de Francia, en una casa comprada con el dinero del Nobel. La familia debía retornar en tren –cuenta Olivier Todd en su biografía canónica– pero llegó de visita Michel Gallimard, hijo de su editor, y le ofreció llevarlo a París. Gallimard, que manejaba un Yacel Vega deportivo con el escritor de copiloto, perdió el control del auto en una recta y se estrelló contra un árbol. Camus murió en el acto y su amigo poco después.

Tenía 47 años, y si hubiera vivido como Levy-Strauss podría estar entre nosotros. Solo llevaba consigo un maletín, con el manuscrito avanzado de El último hombre, novela que debía iniciar su tercer ciclo como escritor y que solo se publicó en 1994, luego de larga lucha de su hija Catherine con su intrincada letra. Saludada como obra maestra (lo es), es la más autobiográfica de sus ficciones, con un protagonista que es su alter ego y que, como él, vive una infancia de extrema pobreza en Argelia, con una madre viuda y analfabeta que ejercía labores como doméstica y a la que adoraba. Camus, alumno brillante, encadena becas y es rescatado por la educación, aunque sus maestros debieran convencer a su madre cada año para que lo dejara seguir estudiando.

No incurriré en la osadía de tratar de explicar en estas breves líneas al hombre y su obra; tampoco la polémica con Sartre –su hermano enemigo– ni su doble vida feliz con su esposa Francine y la actriz María Casares. Apenas destacaré la vigencia de sus libros, que a la vez que reflexionan sobre lo trágico de la existencia humana tienen un lado optimista y solar que celebra la vida por encima de todas las adversidades. Camus sigue siendo un escritor indispensable.

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