Por Federico de Cárdenas
Nacido en una familia de comerciantes, nada permitía predecir que Anton Chejov (1860-1904) se dedicaría a la literatura, que no fue su vocación primera sino la medicina. Estudia en Moscú –se gradúa en 1884– cuando le llega la noticia de la quiebra paterna. Para entonces se había descubierto una gran facilidad para escribir historias cortas, que colocaba en diarios y revistas. La necesidad de costearse la carrera y ayudar a su familia le hará perseverar en esos cuentos, afirmando que si bien está casado con la medicina, puede serle infiel con las letras.
Chejov será heredero del realismo ruso del siglo XIX (Gogol, Turgueniev, Dostoievski, Tolstoi) y en las 300 historias que deja traza un retrato de la Rusia zarista. Allí donde Turgueniev trata el mundo de la pequeña aristocracia o Gogol el de los propietarios rurales y burócratas citadinos, Chejov tiene preferencia por la clase media o los campesinos, pero su gama de personajes es enorme, con empatía por los que nada tienen. Un viaje a Sajalín –confín de presos del zarismo– cambia el humor predominante en sus relatos y acentúa su melancolía y crítica. Es la época de El beso, La dama del perrito o sus “estudios clínicos” (El parto, Ivanov), obras maestras en las que brilla su talento para la observación y el detalle.
Una TBC adquirida de sus pacientes se agudiza en los años finales, obligándolo a viajes a Niza o Crimea. Ha decidido escribir para el teatro, aunque el fracaso de La gaviota en 1896 lo desanima. Dos años después y con puesta de Stanislavski, conoce un triunfo que le permitirá entregarnos El tío Vania, Las tres hermanas o El jardín de los cerezos, con las cuales logra su cumbre artística y la holgura económica. Se casa con la actriz Olga Knipper en 1901 y en 1904 muere en un sanatorio de la Selva Negra alemana.
