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Robinson, el real

Por Federico de Cárdenas

Este año darwiniano también lo es de Robinson Crusoe o, mejor, de su modelo real, el marino escocés Alexander Selkirk (1676-1721), rescatado en 1709 por el barco corsario Duke luego de pasar casi un lustro solitario en una isla del archipiélago Juan Fernández (hoy isla Robinson Crusoe) a 600 kilómetros de la costa chilena. Su saga es fascinante: Selkirk, quien viajaba en el barco pirata Cinq ports, descubrió que los fondos de la nave estaban podridos y que había riesgo de naufragio (lo que en efecto ocurrió luego). Intentó amotinar a la tripulación y en castigo fue desembarcado con un mosquete, pólvora, un hacha, instrumentos de navegación, una biblia y algo de comestibles.

Al inicio pensó en el suicidio, pero luego se adaptó, alimentándose de cabras, focas, tortugas y pescado, que cocinó con pimentones, palmitos y berro silvestre. No llegó ningún Viernes, y cuando subió a bordo del Duke vestía pieles y parecía un salvaje, pero se había convertido en “una persona de mucho mejor carácter”. Fue contratado como piloto, llegó a Londres con 800 libras fruto de capturas de barcos españoles, se casó y contó en diarios y bares su odisea.

¿Así la conoció Defoe? No lo sabemos, pero su genio literario trasladó la isla al Caribe y convirtió la historia en una utopía en la que un ser humano crea por su ingenio un mundo habitable en armonía con la naturaleza. Para Marx, Robinson era la prueba de que el trabajo vale más que el capital y por decenios sirvió a los economistas clásicos como ilustración de un modelo autosuficiente de producción. El libro se publicó en 1719 y conoció más de 700 ediciones. Selkirk no tuvo tal fortuna. En 1721 volvió a navegar, contrajo fiebre amarilla y el mar lo recibió para siempre frente a las costas de África.

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