Por Juan Álvarez Morales
En países como el nuestro, los noticieros son una gran vitrina de paradojas, de dramas con desenlaces increíbles. Eso lo confirmará hoy: un soldado que ratifica su deseo de especializarse en armas pese a que un cañón disparado sin coordinación le mutiló varios dedos el 28 de julio; cuatro malos policías puestos al descubierto en la comisaría de Breña tras ser reconocidos por un ciudadano a cuya esposa extorsionaban por 400 soles; tres heroicos policías que fallecen en la base Dinoes de José de Secce, Ayacucho, tras un duro ataque narcoterrorista.
Si alguien le preguntara, amigo lector, cuál sería el epílogo de estas tres historias, es probable que usted no pueda evitar ser pesimista: el joven soldado se sumará a la larga lista de licenciados que deben recuperarse por su cuenta de las heridas y ruegan por una pensión que los ayude a sobrevivir mutilados; los malos policías serán confinados en cárceles de las que saldrán más conectados y mejor preparados para enfrentar a las fuerzas del orden; los familiares de los policías fallecidos se convencerán de que los homenajes póstumos oficiales resultan ser una burla cuando las promesas de reconocimiento por la vida entregada terminen, como la mayoría de las promesas de nuestros gobernantes, en el más maquiavélico de los olvidos.
Y lo peor de todo es que de ser así todo resultará tan normal, que entonces ya no aparecerá en los noticieros.
