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Ay de Haití

Por Ariel Segal

Haití convocó la atención mediática y la solidaridad internacional tras el terremoto que devastó a Puerto Príncipe. Sin embargo, generalmente, Haití “no tiene quien le escriba” a menos que un fenómeno de la naturaleza o alguno de sus gobiernos se ensañen sangrientamente contra su población.

A diferencia de otras islas del Caribe que mantienen vínculos con sus ex imperios, Haití quedó totalmente aislada de Francia porque su independencia, en 1804, fue una revuelta de esclavos con quienes los galos no tenían interés en negociar ningún estatus político, pues consideraban, como todos los europeos, que los negros debían servir al hombre blanco.

Las administraciones coloniales de las demás posesiones europeas en continente americano imitaron a Francia para evitar el ejemplo haitiano, y luego, los próceres de las recién nacidas repúblicas del siglo 19 hicieron claro que la independencia no implicaba la libertad para los descendientes de africanos, y no estrecharon vínculos con los dirigentes haitianos.

En el siglo 20 Haití no tuvo mucho que ofrecer a potencias regionales como para convertirse en referencia geopolítica, energética o comercial, con la excepción de los años de la “guerra fría”, cuando EEUU apoyó a los demenciales dictadores Duvalier – “Papa Doc” y “Baby Doc”– por temor a que el satélite soviético en la región, la Cuba de Castro, ganara a ese país en su esfera de influencia. Sin embargo, los Duvalier y los demás dictadores haitianos no se ocuparon en construir infraestructura e industrias que le otorgaran un futuro a su pueblo. La élite en el poder creó un sistema de privilegios basados en la represión, la corrupción y el chantaje, dejando como legado un estado fallido, es decir, un país sin gobernabilidad ni presencia de instituciones que atiendan a sus ciudadanos.

Saqueada por sus gobernantes e ignorada por sus vecinos y un mundo que apenas tiene vínculos culturales que les permitan identificarse con una población homogénea negra y mulata, con un idioma propio, el creole, y con un catolicismo sincrético con influencia de corrientes animistas africanas como el vudú, Haití no es solo un país muy pobre, sino un pobre país, huérfano de quién se interese por sus habitantes, a no ser por alguna coyuntura política que afecte a sus vecinos, o por alguna tragedia como el reciente terremoto.

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Ariel Segal Ariel Segal

Estudió  periodismo en la Universidad Católica Andrés Bello (Venezuela). Master en Estudios Judaicos y Medio Oriente, Gratz College, Filadelfia (USA) y Ph.D en Historia Latinoamericana, Universidad de Miami (USA).  Obtuvo el Premio Barret de la Universidad de Miami por sus ensayos sobre tópicos latinoamericanos y caribeños.  Ha trabajado como catedrático en Universidades de Jerusalem, Venezuela y  Miami.
Es analista de asuntos del Medio Oriente en el programa de noticias en español de la red BBC, como analista internacional para la Red Global de Union Radio-Venezuela, Radio Programas del Peru, Radio Caracol, analista en asuntos latinoamericanos en la edición en español de Kol Israel (la voz de Israel).
Ha publicado libros, escrito ensayos y articulos para diarios, revistas y páginas web.
Actualmente enseña en la Universidad Peruana de Ciencias (UPC) y Pontificia Universidad Católica del Perú (PUPC).