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Diosas y reinas

Por Eduardo Galeano (*)

Egipcias

Heródoto, venido de Grecia, comprobó que el cielo de Egipto no se parecía a ningún otro río ni a ningún otro cielo, y lo mismo ocurría con las costumbres.

Gente rara, los egipcios: amasaban el pan con los pies y el barro con las manos y momificaban sus gatos muertos y los guardaban en cámaras sagradas.

Pero lo que más llamaba la atención era el lugar que las mujeres ocupaban entre los hombres. Ellas, fueran nobles o plebeyas, se casaban libremente y sin renunciar a sus nombres ni a sus bienes.

La educación, la propiedad, el trabajo y la herencia eran derechos de ellas, y no solo de ellos, y eran ellas quienes hacían las compras en el mercado mientras ellos estaban tejiendo en casa.

Según Heródoto, que era bastante inventor, ellas orinaban de pie y ellos, de rodillas.

Hebreas

Según el Antiguo Testamento, las hijas de Eva seguían sufriendo el castigo divino.

Podían morir apedreadas las adúlteras, las hechiceras y las mujeres que no llegaran vírgenes al matrimonio; marchaban a la hoguera las que se prostituían siendo hijas de sacerdotes

y la ley divina mandaba cortar la mano de la mujer que agarrara a un hombre por los testes, aunque fuera en defensa propia o en defensa de su marido.

Durante cuarenta días quedaba impura la mujer que paría hijo varón. Ochenta días duraba su suciedad, si era niña.

Impura era la mujer con menstruación, por siete días y sus noches, y trasmitía su impureza a cualquiera que la tocara o tocara la silla donde se sentaba o el lecho donde dormía.

Romanas

Cicerón había explicado que las mujeres debían estar sometidas a guardianes masculinos debido a la debilidad e su intelecto.
Las romanas pasaban de manos de varón a varón. El padre que casaba a su hija podía cederla al marido en propiedad o entregársela en préstamo. De todos modos, lo que importaba era la dote, el patrimonio, la herencia: del placer se encargaban las esclavas.

Los médicos romanos creían, como Aristóteles, que las mujeres, todas, patricias, plebeyas o esclavas, tenían menos dientes y menos cerebro que los hombres y que en los días de menstruación empañaban los espejos con un velo rojizo.

Plinio el Viejo, la mayor autoridad científica del imperio, demostró que la mujer menstruante agriaba el vino nuevo, esterilizaba las cosechas, secaba las semillas y las frutas, mataba los injertos en las plantas y los enjambres de abejas, herrumbraba el bronce y volvía locos a los perros.

(*) Escritor uruguayo. Tomado de Espejos, una historia casi universal.

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