En el año que lleva a cargo de la Municipalidad de Lima Susana Villarán y su equipo han mostrado claramente dos rasgos distintivos de liderazgo. Uno es la no personalización. Ninguna de las obras que ha inaugurado, y son muchas, muestra su nombre, su foto o algún reconocimiento. El malecón de La Herradura ha transformado esa playa en un lugar agradable y hospitalario, después de décadas. Pese a las campañas de algunos medios, todo el que lo quiera comprobar, puede hacerlo. Pero su nombre no aparece por ningún lado.
El otro rasgo de su gestión es la transparencia. En algunos casos, como en el de la arena en La Herradura, la alcaldesa ha reconocido sus errores. Su discurso en el aniversario de Lima fue un ejemplo de lo mismo.
Estos dos rasgos son inéditos en la política peruana, y revelan una voluntad por transformar el tipo de liderazgo político entre nosotros.
Frente a ella, se alzan dos de las grandes lacras de la política peruana. Una es precisamente la falta de transparencia. Cuando se le pregunta a los promotores de la revocación, de dónde han sacado los fondos para su campaña, las respuestas son vagas y evasivas. La otra lacra es una de las consignas más típicas de la politiquería local, la de preferir los intereses del grupo o partido a los del país. Dudo mucho que los instigadores de la revocatoria lo hagan sinceramente interesados por el bienestar de Lima. Su objetivo parece ser claramente destruir y no construir.
No es casual que ambas lacras coincidan en el intento de revocatoria, pues me parece que la alcaldesa no representa ninguna de ellas. El intento por destruir su mandato con acusaciones falsas es un ejemplo de nuestro atraso. El solo hecho de que todos admitan que no hay en su mandato ningún indicio de corrupción, ya es una novedad en la vida política peruana. Por otro lado, acusar a la alcaldesa de ineficiencia en este año, con la cantidad de inversión realizada, las obras inauguradas y en proyecto, es un total despropósito.
Querer destruir a una de las pocas buenas autoridades que tenemos es una de las señales más deprimentes de la realidad de estos últimos años: hemos mejorado sustancialmente en la política económica, pero la cultura cívica y política de nuestro país sigue siendo atrasadas y mezquinas. Esta cultura cívica y política es el origen de nuestro subdesarrollo y mientras no la superemos, las políticas económicas y monetarias servirán de algo, pero no lo suficiente.
La revocatoria puede distraer la atención de los problemas urgentes de la ciudad, pero eso poco parece importarles a sus promotores. Los fuegos fatuos del escándalo pasajero siempre fueron para nosotros más importantes que los caminos largos y sostenidos. Nos abrazamos al escándalo como a una gratificación y a un carnaval. Sin embargo, la larga ruta de la paciencia, la planificación y la perseverancia parece no ir con nuestras costumbres. Hemos sido siempre muy buenos para pelear y muy malos para organizarnos, trabajar y producir. Si hubiera sido al revés, nuestra realidad sería distinta. Me parece que el apoyo que le ha dado el presidente Humala a la alcaldesa ha sido un ejemplo de que podemos cambiar esa consigna.
Susana Villarán es de lo poco decente que tenemos entre nuestras autoridades. La política atrajo pocas veces a las personas decentes y cuando eso ocurre, los políticos han hecho lo posible por demolerlas. Esperemos que no ocurra otra vez. Y sin embargo, ¿hay alguna señal de que hemos cambiado?
