Por Nicolás Lynch
El gran fiasco que ha resultado hasta ahora para el gobierno aprista el nombramiento del nuevo Contralor tiene a la base una grave equivocación. Nos han vendido la especie en los últimos tiempos de que el Contralor tiene que ser un técnico. No por gusto en la fracasada Comisión del supuesto concurso había dos neoliberales connotados como Richard Webb y Beatriz Boza.
¿A quién le puede caber en la cabeza que alguien que va a controlar el uso de los recursos públicos tiene que ser básicamente un técnico? Nada más que a un neoliberal. El demonio puede tener todos los doctorados del mundo y no por ello deja de ser demonio. El control de los recursos públicos tiene que estar a cargo de un político, es decir de alguien con vocación de servicio público y entendimiento de la dinámica del poder y de los asuntos del Estado. Esto por supuesto no quita que, además, cuente con la formación académica y profesional necesaria para acometer la tarea. Pero no al revés. ¡No tomemos el rábano por las hojas!
Lo que sucede es que en los últimos 20 años los neoliberales se han dedicado a destruir todo lo que sea público y de paso, muchas veces con la colaboración de los políticos, a la política y sus instituciones. Ellos han querido patentar la idea de que son dueños de un conocimiento “neutral” que nace de la actividad privada y constituye la mejor manera de manejar la cosa pública. Sus fracasos están a la vista. De acuerdo con Latinobarómetro 2008, luego de dos décadas de hegemonía neoliberal, los peruanos somos los más insatisfechos de AL con el funcionamiento de nuestro sistema democrático y los más descreídos de nuestras instituciones públicas.
Ahora bien, no solo se trata de escoger a alguien que sea político y entienda del tema, sino además que haya destacado como figura pública, que tenga una trayectoria que presentar y defender. Puede o no ser militante de un partido, eso no es lo importante. De lo que se trata es que su trayectoria trascienda las pequeñeces del compromiso subalterno. No es curioso por ello que en los primeros intentos por conseguir Contralor se haya preferido a gente sin relevancia pública. La razón es sencilla, ésta muy bien puede ser gente más fácil de controlar, no necesariamente por corrupta sino muchas veces por incauta en el difícil mundo de la política nacional.
Por último están las promesas casi siempre incumplidas del Presidente. Dijo en la campaña que escogería a alguien de oposición y prefirió olvidarse de ello. Pero esa mentira no es lo peor. Su negativa a consensuar un candidato con la oposición es lo que llama la atención. ¿Qué legitimidad puede tener un Contralor escogido por siete años que no goce de consenso? Ninguna. Tendrá que renunciar el 28 de julio de 2011 cuando haya un gobierno que desconfíe de él. Lástima, el señor García continúa despreciando la opinión de casi la mitad de los peruanos que no votaron por él y de la mayoría que desaprueba su gestión.
Parece ser que el pensamiento neoliberal ha conquistado al “gran político” Alan García hasta el tuétano.
