Por Nicolás Lynch
La mala educación de la que padecemos en el Perú tiene una primera y gran explicación: la mala educación de nuestros gobernantes. Solo tocando el caso de la universidad, al que nos hemos referido reiteradamente en estas últimas semanas, vemos que termina el año casi como empezó. Con mucho ruido pero pocas nueces.
Todo el lío de Alas Peruanas y la proliferación de universidades con dueño gracias al nefasto DL 882 naufragó en la Comisión de Educación del Congreso. De poco valió la reacción del Presidente y el envío de un proyecto de ley para suspender la creación de todo tipo de universidades hasta evaluar las actuales. En actitud que no nos sorprende el grupo aprista en la Comisión logró su postergación para la próxima legislatura, en el mes de marzo de 2010, enfriando el debate y apostando al olvido para salvar los importantes intereses que protegen en las universidades-empresa. ¿Qué pasó? La clásica táctica aprista de la escopeta de dos cañones. Por un lado, gran regaño presidencial frente a un problema que ha indignado a la opinión pública. Por otro, congresistas que sacan las castañas del fuego con el menor escándalo posible y continúan con los negocios como siempre.
Asimismo, la huelga de los profesores de las universidades públicas, que va ya por los tres meses y es la más larga que se recuerde, sigue cosechando triunfos legales pero no obtiene nada que no sean mecidas por parte del Poder Ejecutivo. La última sentencia del díscolo TC el pasado 18, en este caso inusitadamente favorable, por su claridad y severidad, a los catedráticos, ordenando simple y llanamente que se les pague, no ha merecido una sílaba de respuesta del gobierno. En ocasión anterior señalábamos que había 31 dispositivos legales a favor de los profesores, con este son 32 pero nada pasa. Definitivamente no estamos en un Estado de derecho sino en un Estado torcido, que solo aplica la ley como si fuera un privilegio a favor, nada más, de los grandes intereses económicos.
¡Bravo, señores del gobierno! Han dado ustedes una lección a nuestros niños y jóvenes. Una lección de impunidad. Una lección de cómo se puede hacer tráfico de influencias sin que a nadie le pase nada. Una lección de cómo se puede desacatar reiteradamente la ley sin que a ninguna autoridad se le mueva un pelo. No quejarse después de los extorsionadores de Trujillo o los narcotraficantes del VRAE, los alumnos más avezados del Estado torcido.
