Por: Susana Villarán
Este es el primero de una serie de artículos que recogen mis reflexiones sobre la izquierda.
1) La Democracia.
Cuando “Pepe” Mujica –izquierdista y ex guerrillero tupamaro en los años 60– recibió al día siguiente de ser elegido presidente del Uruguay a Pedro Bordaberry, líder del Partido Colorado, hijo del golpista que lo llevó al penal de Libertad, envió una señal democrática importante: el que había sido insistentemente tachado de extremista y peligroso durante la campaña, distaba mucho del estereotipo que la derecha le había fabricado.
En lo que se refiere a democracia y DDHH, la izquierda que hoy gobierna o gobernó recientemente algunos países del hemisferio, así como varios partidos políticos en la región, ha abrazado genuinamente la democracia como régimen político, el Estado de Derecho como norte y los DDHH como enfoque de gobierno. Es más, ha sido un actor clave en las transiciones a la democracia.
Nadie lo puede negar. La nueva izquierda dejó atrás la visión instrumental de la democracia como “caja de resonancia de la lucha popular” y el rechazo a los DDHH como “burgueses”. Son los partidos de derecha los que han pateado el tablero en más oportunidades, como también lo ha hecho Chávez, caudillo militarista que aún engaña a los cándidos con su lenguaje antiimperialista y sigue seduciendo con sus millones. No cabe en esta nueva izquierda Daniel Ortega, quien ha sido uno de los principales responsables de la destrucción del Estado de Derecho en Nicaragua.
El aporte de esta nueva izquierda a la cultura democrática se expresa de muchas maneras. Están las reformas legales y sociales que han institucionalizado la descentralización y la participación, fortaleciendo la cultura del diálogo y de la concertación para el desarrollo local, tan necesaria en nuestras sociedades de cuño autoritario y caudillista. Los presupuestos participativos, las comisiones mixtas multipartidarias para definir políticas públicas de envergadura, las Mesas de Concertación y los planes concertados de desarrollo son solo una muestra de ello.
Yendo más lejos aun, dos países en la América andina han dado pasos muy importantes en el reconocimiento constitucional de la diversidad nacional y de la multituralidad, enriqueciendo la democracia con la inclusión de los pueblos indígenas, excluidos y discriminados desde nuestros orígenes. Un nuevo rostro, nuevas prácticas, lecciones aprendidas y aportes significativos a la cultura e institucionalidad democrática en América.
