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Filtraciones y “chorreos”

Por: Alberto Adrianzén Merino

Cuando uno lee informes como el publicado recientemente por El Comercio, “Los hijos de la miseria” (18/01/09), donde se dice que las adolescentes de Apurímac se embarazan para cobrar los cien soles del programa “Juntos” y que ello es una “cruel distorsión de programa contra la pobreza”, uno se pregunta por qué tanto celo de ciertos sectores políticos y mediáticos cuando se trata del dinero que se distribuye entre los pobres.

En realidad, este celo, por momentos hasta majadero, contrasta con el silencio elocuente (y también cómplice) que estos mismos sectores guardan cuando se trata de las otras, digamos, también “crueles distorsiones” que benefician a los sectores altos y a los grandes grupos económicos. Estamos hablando, por ejemplo, del interés que debería tener el Estado, como bien ha dicho Humberto Campodónico, para que los grandes empresarios paguen impuestos a las ganancias de capital tanto en lo que respecta a las ganancias en la bolsa (exoneradas, por el momento, hasta el 2010) y cuando una empresa se vende en el extranjero. Por ejemplo, si Petrotech se vende fuera del país, el Estado podría perder US$ 100 millones en impuestos (La República, 19/01/09). La vara con la que se mide estos hechos es muy distinta. Corta cuando se trata de los pobres y larga (y también silenciosa) cuando se trata de los ricos.

Para algunos académicos estas “crueles distorsiones” en el mundo de los pobres se llaman “filtraciones”. Por ejemplo, si en el Programa del Vaso de Leche, que está destinado a niños de una determinada edad, digamos entre 1 y 6 años, se “descubre” que otros niños de 8 años o ancianos o madres gestantes (todos ellos, obviamente, pobres) reciben también leche, estamos ante un “filtración”. Cabe señalar que la palabra “filtración” coincide con otra muy de moda en estos tiempos neoliberales: “chorreo”. Si a los pobres les “chorrea” (o gotea) algo del crecimiento está bien, pero si les “filtra” algo de los programas sociales está mal porque la plata no es suya. Por eso se comportan con una lógica de capataz: levantan el dedo acusador cuando se trata de las famosas “filtraciones”. El grito bien puede ser. “En la pobreza, disciplina” porque la plata es mía.

En realidad, las políticas sociales, sobre todo las de emergencia y las focalizadas (no discuto que muchas de ellas sean pertinentes), pueden ser definidas como el costo que paga una sociedad por producir abismales desigualdades entre sus integrantes. Vivimos en un sistema que produce constantemente pobreza, ya que su reproducción se basa, justamente, en el empobrecimiento de la mayoría. Lo curioso es que aquellos que la producen (y la provocan) se legitiman supuestamente atendiéndola.

Por eso las preguntas que hay que hacerle a El Comercio son las siguientes: qué es una “cruel distorsión”: que las madres se embaracen por 100 soles (lo que es muy discutible, más allá de que puedan existir algunos casos) o que, más bien, gracias a que existe el programa “Juntos” se comience a descubrir el drama de las adolescentes embarazadas en Apurímac. Una “cruel distorsión”, sospecho, es que a estas madres adolescentes, recientemente “descubiertas” por los médicos y por El Comercio, no se les den los 100 soles al mes.

También lo sería que el aumento de la demanda que ha provocado “Juntos” no sea satisfecho por el Estado, es decir, que los partos no sean atendidos, que no existan vacunas, tampoco un adecuado control de los niños y de las mujeres embarazadas, y menos una apropiada educación sexual. Y si bien estamos lejos de idealizar a los pobres y al programa “Juntos”, no creo, como dice El Comercio, que estemos ante una “cruel distorsión” sino más bien –como ha dicho el padre Gastón Garatea– ante un gigantesco prejuicio contra los pobres, que es también un “insulto a la inteligencia de los peruanos” y añado: ante una tragedia humana.

Nadie puede estar en contra de que los recursos destinados a luchar contra la pobreza se usen de manera correcta y eficiente. El problema, además de esta aparente neutralidad que usa términos provenientes de la gasfitería (“chorreo”, filtraciones), es que estamos construyendo una sociedad que se está “guetizando”. Los guetos los construyen las elites y el propio Estado al definir que los espacios y los servicios públicos (y también las políticas sociales) son solo para los pobres.

Son ellos, los pobres, los que deberían usar (casi exclusivamente) las escuelas, universidades y hospitales públicos. Los que tienen algo de dinero deben ser arrojados al mercado para que sean devorados por los intereses privados. La idea de que si uno paga impuestos puede “usar” los espacios y servicios públicos, porque es un derecho, está “prohibida”. Los ricos han decretado así el fin de la universalidad del Estado: lo público (incluyo los servicios) es monopolio de los pobres ya que el mercado es de ellos.

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Alberto Adrianzén Alberto Adrianzén

Sociólogo de la Universidad Católica. Estudió ciencias políticas en El Colegio de México. Trabajó muchos años en la ONG DESCO, donde fue investigador principal en temas de política nacional e internacional Trabajó en el Grupo Propuesta Ciudadana donde se dedicó a promover la descentralización del país. También trabajó en el Congreso de la República como Asesor de la Bancada del Partido Nacionalista Peruano. Fue Asesor del Presidente Valentín Paniagua durante el gobierno de transición.

En los últimos años se desempeñó como asesor político en la Comunidad Andina y en el año 2005 fue nombrado por ésta como Veedor Internacional en el proceso de selección y designación de la Corte Suprema de Justicia del Ecuador, labor por la cual fue condecorado por el gobierno de dicho país. A partir de ello ha tenido ocasión de vivir y trabajar en Ecuador así como en Bolivia y se he mantenido muy vinculado al proceso de integración andina a través de su trabajo de consultor en el Instituto para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA) desde el 2007.

Desde 1980 hace periodismo: trabajó en el Diario de Marka, en las revistas Jaque y Amauta. Con un grupo de amigos y militantes de IU fundaron el Zorro de Abajo, de breve pero importante presencia política. Luego escribió en Perú 21 desde su fundación hasta el 2004. Desde esa fecha tiene una columna semanal en el diario La República y es miembro de su Consejo Editorial de dicho diario. También ha sido profesor en la U. Católica y en la Academia Diplomática del Perú.

Militó en la izquierda desde sus años universitarios y ha mantenido desde entonces una actividad política, si bien no siempre a través de la militancia en un partido político de izquierda, siempre apostando por la consolidación de un espacio progresista y democrático en la política peruana para que el Perú cambie y para que la política tome en cuenta los intereses de las mayorías. Por su trabajo en todos estos años ha sido un convencido que la integración, primero con los países andinos y luego sudamericanos, es una tarea urgente, impostergable, si queremos salir de nuestra pobreza, alcanzar la democracia, el desarrollo y vivir en paz. Ha participado en la Comisión de Plan de Gobierno como responsable del capítulo de Relaciones Exteriores de la alianza política, GanaPerú, partido político que ganó las últimas elecciones (2011) en el Perú. Actualmente se desempeña como parlamentario andino, para el período 2006-2011 por dicha alianza política.