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La caliente guerra fría

Por Alberto Adrianzén M. (*)

Resulta extraño que en la última declaración de la Unión de Naciones Sudamericanas (UNASUR) firmada en Quito, no se haya mencionado el tema de las bases militares en Colombia, y que más bien este debate se haya trasladado para una próxima reunión en Argentina. Existe unanimidad en condenar el golpe de Estado en Honduras, pero no sucede lo mismo cuando se habla de las siete bases militares norteamericanas. Estamos, por lo tanto, frente a un tema que divide a la región.

Paco O’Donnell, periodista argentino de Página 12, propone, en un reciente artículo una clasificación para entender esta división. En primer lugar están los países que no visitó el presidente colombiano Álvaro Uribe en su última gira y que son abiertamente contrarios a la instalación de estas bases: Ecuador y Venezuela. El primero no mantiene relaciones diplomáticas con Colombia luego del ilegal ataque colombiano a un campamento de las FARC en territorio de ese país. Venezuela cada cierto tiempo retira a su embajador como sucedió hace unas semanas. El presidente Chávez, incluso, ha declarado que se estaría viviendo un clima bélico.

En el segundo grupo de países están aquellos que si bien recibieron a Uribe en esta gira relámpago, critican duramente su decisión de aceptar una mayor presencia militar norteamericana en Colombia: “En este grupo se inscriben Argentina y Bolivia”. Hay un tercer grupo conformado por los presidentes a los que les preocupa y/o están en desacuerdo con la decisión de Uribe, pero que reconocen “el derecho de Colombia, y por consiguiente de Uribe, a tomarla. Ahí se anotaron, con matices, Lula, Lugo y Bachelet”. Según O’Donnell, “después está el bloque abiertamente proestadounidense que integran Colombia y Perú”. Como sabemos el Perú fue el primer país que visitó el presidente Uribe para explicar el asunto de las bases militares.

Ahora bien, si se observa lo que viene sucediendo se puede afirmar que UNASUR no está en su mejor momento. América del Sur, junto con América Central, no ha logrado, pese a la unanimidad alcanzada, derrotar al golpismo hondureño; como tampoco han condenado, menos impedido, esta masiva presencia norteamericana en suelo colombiano.

Ambos hechos son graves puesto que el golpe en Honduras puede ser el inicio de un nuevo ciclo antidemocrático en la región, mientras que con las bases militares, como afirma el Polo Democrático Alternativo en un reciente comunicado (27/07/09), “Colombia se convierte en una plataforma para el asentamiento y la expansión bélica de esta potencia, que afecta no solo la estabilidad de los gobiernos democráticos y progresistas, sino también los importantes proyectos de integración latinoamericana y caribeña”.

Para esta organización, que es la segunda fuerza política en ese país, el asunto de las bases militares es tan grave que llama a “impulsar una campaña nacional y continental contra la militarización y la intervención de EEUU en América Latina, a la que esperamos se sumen las Fuerzas Progresistas y Democráticas del mundo”. Hay que hacer notar que la línea política del Polo Democrático, que es una organización de izquierda, es más parecida a la desarrollada por Lula en Brasil o por Bachelet en Chile, que a la que hoy implementan presidentes como Chávez o Morales. Por ello, su contundente declaración, además de expresar la gravedad del problema, evidencia que lo sucedido en UNASUR, en Quito, si no se corrige en el corto plazo, va por mal camino.
Es cierto, además, que detrás de todo ello lo que está en juego son las relaciones con los EEUU. Países como Venezuela, Bolivia y Ecuador están más distantes que Chile o Brasil de EEUU; pero también lo está la cuestión del liderazgo regional como quedó demostrado luego del golpe en Honduras.

Más allá de estas cuestiones todo indica que estamos pasando a otra etapa política en la región que tendría como características principales ahondar la división sudamericana, impedir el nacimiento de mecanismos de defensa regionales (ese es uno de los objetivos de UNASUR) y derrotar a los países más progresistas: Venezuela, Ecuador y Bolivia. La combinación de presencia militar norteamericana (Colombia) con golpes de Estado (Honduras) y división regional, no es ninguna novedad ni tampoco es algo bueno para la democracia en AL. Ello fue nuestro pasado. Por eso estamos entrando a la etapa más dura, difícil y peligrosa de lo que se ha venido en llamar la “guerra fría” regional.

Hoy las posiciones más progresistas ya no son las que enarbolan pequeños núcleos guerrilleros o movimientos sociales de protesta si no más bien gobiernos constituidos legalmente y que cuentan con una gran legitimidad, con apoyo popular y con FFAA a su favor. Por eso jugar a la “guerra fría” en América Latina es jugar con fuego; es jugar a la guerra.

(*) www.albertoadrianzen.org

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Alberto Adrianzén Alberto Adrianzén

Sociólogo de la Universidad Católica. Estudió ciencias políticas en El Colegio de México. Trabajó muchos años en la ONG DESCO, donde fue investigador principal en temas de política nacional e internacional Trabajó en el Grupo Propuesta Ciudadana donde se dedicó a promover la descentralización del país. También trabajó en el Congreso de la República como Asesor de la Bancada del Partido Nacionalista Peruano. Fue Asesor del Presidente Valentín Paniagua durante el gobierno de transición.

En los últimos años se desempeñó como asesor político en la Comunidad Andina y en el año 2005 fue nombrado por ésta como Veedor Internacional en el proceso de selección y designación de la Corte Suprema de Justicia del Ecuador, labor por la cual fue condecorado por el gobierno de dicho país. A partir de ello ha tenido ocasión de vivir y trabajar en Ecuador así como en Bolivia y se he mantenido muy vinculado al proceso de integración andina a través de su trabajo de consultor en el Instituto para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA) desde el 2007.

Desde 1980 hace periodismo: trabajó en el Diario de Marka, en las revistas Jaque y Amauta. Con un grupo de amigos y militantes de IU fundaron el Zorro de Abajo, de breve pero importante presencia política. Luego escribió en Perú 21 desde su fundación hasta el 2004. Desde esa fecha tiene una columna semanal en el diario La República y es miembro de su Consejo Editorial de dicho diario. También ha sido profesor en la U. Católica y en la Academia Diplomática del Perú.

Militó en la izquierda desde sus años universitarios y ha mantenido desde entonces una actividad política, si bien no siempre a través de la militancia en un partido político de izquierda, siempre apostando por la consolidación de un espacio progresista y democrático en la política peruana para que el Perú cambie y para que la política tome en cuenta los intereses de las mayorías. Por su trabajo en todos estos años ha sido un convencido que la integración, primero con los países andinos y luego sudamericanos, es una tarea urgente, impostergable, si queremos salir de nuestra pobreza, alcanzar la democracia, el desarrollo y vivir en paz. Ha participado en la Comisión de Plan de Gobierno como responsable del capítulo de Relaciones Exteriores de la alianza política, GanaPerú, partido político que ganó las últimas elecciones (2011) en el Perú. Actualmente se desempeña como parlamentario andino, para el período 2006-2011 por dicha alianza política.