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Micropopulismo y elecciones

Por Alberto Adrianzén M. (*)

Acaso lo que más llama la atención de los mensajes presidenciales no es tanto las promesas incumplidas o los anuncios de obras que solo existen en la imaginación del mandatario, como la cárcel en la selva para los corruptos, sino más bien este intento de hacernos creer lo que él mismo no cree. La idea que el Presidente desaprovecha estos momentos para comunicarse con el público debe ser discutida a partir de una pregunta muy simple: ¿Le interesa al Presidente comunicarse?

Esta pregunta puede parecer un poco extraña, pero me temo que la respuesta es sí y no. Alan García es un político y sabe muy bien cuándo debe y cuándo no debe comunicarse con la población. Por eso decir que ha desperdiciado una oportunidad podría conducirnos a un error basado en la ingenuidad: como no ha dicho lo que yo quería escuchar, el Presidente, simplemente, no se ha comunicado.

En realidad, el presidente sí se ha comunicado. Lo que sucede es que no se ha comunicado con todos –menos con sus críticos y opositores– sino más bien con un sector con el cual hace tiempo conversa. A este sector le ha dicho (o reiterado) dos cosas importantes: a) que la lucha, por no decir la guerra, contra todos aquellos que quieren cambiar el modelo económico neoliberal (podemos llamarlos antisistema o estatistas) continúa; y b) que no habrá cambios salvo en todo aquello que represente la continuidad del mismo.

Para ello ha planteado una estrategia basada en dos puntos: por un lado, mantener el orden, es decir, reprimir las protestas ya que detrás de estas están los antisistema; por otro, desarrollar una política clientelar. Para todo eso están las fuerzas del orden, los flamantes núcleos juveniles ejecutores y los municipios cooptados por el gobierno que serán las nuevas clientelas políticas.

Si se observa bien, este modelo político ya se implementó con cierto éxito en la época de Fujimori y consistió en conciliar neoliberalismo y populismo. La suma de ambos puede ser definida como micropopulismo y se fundamenta en asociar el gasto social, vía pequeñas obras, con los calendarios electorales y el incremento de la legitimidad presidencial. El nexo político existente entre el populismo y el neoliberalismo encuentra sus bases en la tendencia recíproca de explotar y exacerbar la desinstitucionalización de la representación política. Por eso no nos debe extrañar que uno de los próximos blancos presidenciales sea el Congreso y la propuesta de cambiar a mitad del periodo presidencial la mitad de los parlamentarios. En este contexto debemos también ubicar la amenaza de un referéndum si el Congreso no aprueba esta reforma constitucional. La idea es ponerse a la cabeza de la crítica a los políticos y al Congreso como un mecanismo para reforzar el caudillismo.

Hace algunos años (1999), el estudioso Norbert Schady demostró, por ejemplo, que los proyectos que el Foncodes aprobó durante el periodo comprendido entre 1993 y 1995 fueron específicamente destinados a las provincias que apoyaron a Fujimori en 1990 pero que luego lo abandonaron en 1993. Por ello el proceso a través del cual Fujimori logró su legitimidad y respaldo popular se relacionó con la naturaleza del pacto social que logró establecer con aquellos grupos poblacionales que lo favorecieron políticamente: por un lado, los pobres y, por el otro, los ricos. En otras palabras, el medio para obtener las rentas políticas que le permitían la permanencia en el poder suponía atender a los pobres, pero preservando los altos grados de desigualdad socioeconómica existentes. Es la vieja estrategia de alentar la antipolítica, apoyar a los ricos y generar mayores niveles de desigualdad para luego atenderla como un mecanismo para incrementar la legitimidad política.

Se puede afirmar, entonces, que hemos entrado a una etapa crucial en la cual el alanismo muda y se transforma en una suerte de neofujimorismo. Dicho en otras palabras: la etapa superior del alanismo es el neofujimorismo. Las razones principales de esta transformación son la reafirmación de la alianza con los grandes grupos económicos, la extensión de la corrupción, la búsqueda de impunidad y la cercanía de las elecciones regionales y presidenciales. Por lo tanto, luego del mensaje presidencial, finalmente, se ha dado inicio al proceso electoral.

Sin embargo, la otra pregunta es si esta estrategia es posible. En los años 90 pesaba más el temor al terrorismo y a la crisis económica que las demandas por empleo y mejores ingresos. El cambio en las demandas se produjo a finales de esa misma década y determinó la decadencia del fujimorismo y su posterior derrota. Si bien estos años no son los 90 y es otro el movimiento popular, cabe preguntarse si la ausencia de una fuerte y organizada oposición política es el factor que hace similares ambas épocas. Esperemos que no, si en verdad queremos derrotar al neoliberalismo.

(*) www.albertoadrianzen.org

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Alberto Adrianzén Alberto Adrianzén

Sociólogo de la Universidad Católica. Estudió ciencias políticas en El Colegio de México. Trabajó muchos años en la ONG DESCO, donde fue investigador principal en temas de política nacional e internacional Trabajó en el Grupo Propuesta Ciudadana donde se dedicó a promover la descentralización del país. También trabajó en el Congreso de la República como Asesor de la Bancada del Partido Nacionalista Peruano. Fue Asesor del Presidente Valentín Paniagua durante el gobierno de transición.

En los últimos años se desempeñó como asesor político en la Comunidad Andina y en el año 2005 fue nombrado por ésta como Veedor Internacional en el proceso de selección y designación de la Corte Suprema de Justicia del Ecuador, labor por la cual fue condecorado por el gobierno de dicho país. A partir de ello ha tenido ocasión de vivir y trabajar en Ecuador así como en Bolivia y se he mantenido muy vinculado al proceso de integración andina a través de su trabajo de consultor en el Instituto para la Democracia y Asistencia Electoral (IDEA) desde el 2007.

Desde 1980 hace periodismo: trabajó en el Diario de Marka, en las revistas Jaque y Amauta. Con un grupo de amigos y militantes de IU fundaron el Zorro de Abajo, de breve pero importante presencia política. Luego escribió en Perú 21 desde su fundación hasta el 2004. Desde esa fecha tiene una columna semanal en el diario La República y es miembro de su Consejo Editorial de dicho diario. También ha sido profesor en la U. Católica y en la Academia Diplomática del Perú.

Militó en la izquierda desde sus años universitarios y ha mantenido desde entonces una actividad política, si bien no siempre a través de la militancia en un partido político de izquierda, siempre apostando por la consolidación de un espacio progresista y democrático en la política peruana para que el Perú cambie y para que la política tome en cuenta los intereses de las mayorías. Por su trabajo en todos estos años ha sido un convencido que la integración, primero con los países andinos y luego sudamericanos, es una tarea urgente, impostergable, si queremos salir de nuestra pobreza, alcanzar la democracia, el desarrollo y vivir en paz. Ha participado en la Comisión de Plan de Gobierno como responsable del capítulo de Relaciones Exteriores de la alianza política, GanaPerú, partido político que ganó las últimas elecciones (2011) en el Perú. Actualmente se desempeña como parlamentario andino, para el período 2006-2011 por dicha alianza política.