Por Alberto Adrianzén *
Debo confesar que no pensé que mi artículo publicado el sábado pasado (“El indígena como límite”. La República: 5/9/09), generaría tanta polémica. En realidad, esta polémica se inició con una carta de un gran amigo y filósofo, José Cornejo (leer elmorsa.pe), que acaba de publicar un libro tan interesante como recomendable: Filosofía y socialismo del siglo XXI: ensayos críticos (Editorial Fauno). Su crítica me obliga a algunos comentarios.
1) Soy consciente de que la modernidad no es un fenómeno homogéneo, mucho menos único. Hace más de 20 años publiqué un largo ensayo: “Democracia y tradición política” (fue la introducción al tomo 1 de Pensamiento político peruano que edité en 1987 en DESCO) donde, utilizando el ejemplo español, afirmo que existen varias formas de asumir la modernidad. Ello me llevó, justamente, a relativizar que hubiere una sola modernidad, pero también a insistir sobre el impacto que tuvo España en lo que hoy es el Perú. Como dato curioso citaba, al igual que José Cornejo, a José María Arguedas como ejemplo de lo complejo que fue el llamado encuentro entre estas dos culturas.
2) Comparto con José Cornejo que la conquista también fue, como él mismo dice, una “guerra de indios contra indios”. Sin embargo, eso no quita que haya sido también una conquista. La hecatombe demográfica y la colonia son ejemplos de esa conquista. De otro lado, no comparto la tesis de Cornejo que lo fundamental fue la “colaboración” de los indios con los españoles.
Eso fue también, en parte. Pero también hay que decir que esa colaboración acabó, como bien sostienen Alberto Flores Galindo y Sinesio López, luego de la rebelión de Túpac Amaru. Fue Sinesio López quien afirmó en un texto a fines de los 70 que el contingente indígena llegó derrotado al momento de la independencia. En este mismo sentido, por ejemplo, Jorge Basadre se pregunta qué hubiese pasado con el Perú si la rebelión de Pumacahua, años después, hubiese triunfado. Seríamos, probablemente, otro país.
3) Personalmente no idealizo al indígena. Menos creo en utopías que proponen “una comunidad ideal humana reconciliada”. Eso que en parte fue planteado por Engels cuando habló de que el comunismo era la “administración de las cosas”, nos conduce al totalitarismo porque niega la política. En otro artículo sobre el populismo que publiqué aquí hace unas semanas, lo que traté de rescatar no es, justamente, la reconciliación sino más bien el conflicto como fundamento de “lo político” para hacer nuevamente política en el país. Además, desconfío del indigenismo porque creo más bien en una sociedad de iguales y diversos y no de diferentes. Dicho de otro modo, para que alguien quiera ser indígena tiene que ser igual al resto de la comunidad política.
4) Estoy bastante lejos de plantear campañas “xenofóbicas en contra de los elementos culturales universales del conocimiento humano”. Sin embargo, no creo en un cosmopolitismo o en un universalismo que no tenga un anclaje nacional. Creo que el problema principal de las elites peruanas no ha sido su “chauvinismo provincialista” sino más bien su cosmopolitismo, es decir, su falta de patria por este divorcio con lo andino y con lo popular. El carácter no incluyente de las elites es, justamente, por esa falta de patria, por no decir de patriotismo, como lo define David Brading. Por eso la cultura de las elites tienen tintes y colores coloniales.
5) Decir que un factor que explica las enormes dificultades (por no hablar de rechazo) que muchos peruanos tienen para entender los años de violencia en el país y el informe final de la CVR es el racismo, más aún cuando las víctimas, como se sabe, han sido mayoritariamente andinos o indígenas, no lo hace a uno ni indigenista y menos proponer el “socialismo campesino”. Decir que hay racismo, es una descripción de lo que hoy nos sucede.
(*) www.albertoadrianzen.org

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