“Pinochet” es el nombre de un documental que por estos días incendia Chile. En él, sin ningún rigor histórico y aplicando descaradamente las artes de la manipulación y la peor propaganda, el director Ignacio Zegers presenta una imagen heroica y edulcorada del dictador chileno que da nombre al filme. Para ello deja en el olvido las violaciones contra los derechos humanos ocurridas en los 17 años que gobernó, así como las denuncias por malversación de fondos que siguieron al descubrimiento de sus millonarias cuentas en el Riggs Bank de los Estados Unidos.
La presentación de la cinta en el Teatro Caupolicán del corazón de Santiago fue un evento que desató polémica y confrontación. Al tributo llegó un tercio de los invitados, y en las puertas se congregó un nutrido grupo de manifestantes, opositores a Pinochet y familiares de algunos de los más de 3.200 muertos y cerca de 40 mil presos y torturados que dejó como saldo la dictadura. Quienes estuvieron allí (como la periodista Carolina Rojas, enviada especial del diario Clarín de Argentina), describen un homenaje bastante vergonzoso, con fuerte presencia de grupos ultraconservadores del mundo −la Fundación Francisco Franco de España entre ellos−, así como de militares y ex ministros pinochetistas, y de Augusto Pinochet Molina, nieto del dictador y único miembro de la familia presente.
Luego de exhibido el documental, se sucedieron los discursos. En uno de los momentos culminantes de la velada, el político ultraderechista español Miguel Méndez Piñar consiguió resumir las paranoias y los delirios de los congregados: «Franco y Pinochet son dos almas gemelas. Frente al marxismo, si hace falta, hay que estar atentos a volver a las trincheras».
¿Debe un Estado democrático tolerar esperpentos como «Pinochet», junto con la ofensiva parafernalia de aquella facción de la sociedad chilena, que en nombre de su comodidad y orden alentó la caza y el ajusticiamiento de cualquier disidencia? ¿Es la libertad de expresión una manga ancha, que admite la apología de la violencia y el crimen, un insulto para la memoria de las víctimas y sus deudos? ¿Qué pasaría en Alemania si alguien montase una celebración semejante de la figura de Adolfo Hitler, por ejemplo?
Mientras este episodio ocurría en Santiago, en España otra polémica sucedía a raíz de una solicitud de la activa Fundación Francisco Franco, que pretendía devolver una estatua ecuestre del dictador español a uno de los laterales del Paseo de la Castellana, de donde fue retirada siete años atrás. El recurso no fue admitido a trámite por una formalidad (la cuantía del pedido), pero de cualquier manera no habría prosperado. Para proteger la convivencia democrática, en 2007 el gobierno español promulgó la Ley de Memoria Histórica, con acciones concretas «en favor de quienes padecieron persecución o violencia durante la Guerra Civil y la Dictadura», como «la retirada de aquellos monumentos conmemorativos que supongan una exaltación» de ambos acontecimientos. Imitando medidas como ésta, democracias en construcción como Chile o Perú estarían mejor preparadas para defenderse del totalitarismo que está en el aire, y quiere hacerse fuerte.
