Era el mejor de los tiempos y era el peor; la edad de la sabiduría y de la tontería; la época de la fe y la época de la incredulidad; la estación de la Luz y de las Tinieblas; era la primavera de la esperanza y el invierno de la desesperación: todo se nos ofrecía como nuestro y no teníamos absolutamente nada; íbamos todos derechos al Cielo, todos nos precipitábamos en el infierno».
Con estas palabras sentidas y profundas −que tan bien describen nuestro tiempo−, comienza la monumental novela Historia de dos ciudades, un retrato de París y Londres durante los años de la Revolución Francesa. Cuando Charles Dickens la publicó en 1859 ya era una celebridad: desde su debut con Los papeles póstumos del Club Pickwick, sus libros por entregas como Las aventuras de Oliver Twist, David Copperfield o Grandes esperanzas se cansaron de agotar ediciones de los diarios y revistas donde se publicaron.
Además de un éxito de ventas, Dickens fue un agudo crítico de la sociedad británica de sus días. Confiaba que sus historias servirían para mejorar el mundo, erradicando algunas de las patéticas realidades que conocía muy bien, pues él mismo las había vivido de niño, cuando su padre había sido detenido en la prisión de Marshalsea por una deuda con un panadero −poco más de diez soles, al cambio actual−, y no había tenido más remedio que ganarse la vida en una fábrica de betún.
Conocer de primera mano las entrañas de la Revolución Industrial le permitió escribir ficciones de una actualidad sobrecogedora que, sin negar la necesidad del desarrollo y la modernidad, denunciaban el profundo menoscabo a la dignidad humana padecido en su nombre por infinitas cuadrillas de obreros, entre los que no faltaron niños y mujeres embarazadas, sometidos a jornadas de muerte en los talleres y factorías de la Inglaterra victoriana, a cambio de un salario de hambre. Como dijo Carlos Marx: «En sus libros se proclamaban más verdades que en todos los discursos políticos y morales de su época juntos».
Esta semana se cumplieron 200 años del nacimiento de este gran novelista inglés, y Londres, la ciudad que lo expolió de niño y que le sirvió como inspiración de adulto, lo ha elevado a la categoría de deidad. Múltiples homenajes −exposiciones, conversatorios, reimpresiones, reposiciones teatrales, todos dedicados a su vida y a su obra−, recuerdan el legado de este autor universal, que muchos conocimos desde niños por las adaptaciones al cine de su obra (cómo olvidar la versión de Disney de Un cuento de Navidad, con Rico McPato en el papel del prestamista Ebenezer Scrooge, que vi por primera vez a los nueve años en el Cine San Isidro).
Con su vigencia Dickens demuestra como pocos que las buenas ficciones bien contadas no envejecen, y que como pasa con otros grandes nombres de la literatura −Dostoievski, Tolstói, Dumas o Victor Hugo−, muchas veces son los escritores, con sus fantasías e interpretaciones, quienes componen la historia que el futuro conoce y acepta.
