La acusación contra Omar Chehade por reunirse en «Las Brujas de Cachiche» con tres generales de la PNP, su hermano y un amigo, para coordinar un operativo de desalojo que permita al Grupo Wong asumir el control de la azucarera Andahuasi es, qué duda cabe, la primera gran prueba de fuego que el presidente Humala enfrenta en materia de lucha contra la corrupción. De la decisión y habilidad con que responda al incidente dependerá que la imagen de rectitud y transparencia que forjó durante la campaña electoral –activos fundamentales para arrebatarle el triunfo a Keiko Fujimori– se confirme durante su gestión. Por lo pronto, ha pasado una semana desde la publicación del informe de IDL-Reporteros que daba cuenta de la polémica cita, y salvo la frase «Tan difícil es caminar derecho??!!» (sic) publicada por la primera dama en Twitter, las reacciones desde Palacio han sido bastante escuetas.
Pero además de medir los reflejos del presidente y sus asesores –que deberían comprender que el silencio y el perfil bajo no son la única respuesta para las crisis−, el caso de Chehade ha servido para analizar el comportamiento de otros actores, la prensa entre ellos. ¿Cómo se explica que la primera denuncia medular contra este gobierno, que ha generado una crisis que no deja de crecer con cada día, y amenaza producir el primer descabezamiento serio del régimen −nada menos que de un vicepresidente−, no fuera gatillada por la oposición impresa, radial o de TV, sino por una publicación digital dirigida por Gustavo Gorriti, un periodista que en la segunda vuelta apoyó expresamente al candidato de GP?
La respuesta es sencilla. Aun sin ocultar sus preferencias políticas, a lo largo de los años Gorriti ha demostrado ser por encima de todo un periodista: alguien despojado de ideologías a la hora de buscar la verdad, que imparte esa filosofía entre sus dirigidos, como demuestra el artículo «Cosas de brujas», de Romina Mella. ¿Habría hecho lo mismo alguno de los diarios que defendieron la postulación de Fuerza 2011, muchas veces desde la intolerancia, la invectiva o la manipulación, si su candidata ganaba las elecciones, y hubiesen tenido a mano elementos para denunciar a un miembro de su entorno por tráfico de influencias?
Luego de una campaña enlodada por lacras como la intolerancia y el racismo, que fue definida por sectores independientes, la facción de la opinión pública que defendió a toda costa a Keiko perdió, al subordinar sus métodos a la consecución de un objetivo político. Ignorar la autocrítica y seguir tergiversando los hechos, como hizo un tabloide que calificó sin ruborizarse de «quiebre» y «traspié» la pérdida de 4 puntos en la popularidad presidencial −de 70% a 66%−, solo ahonda su descrédito, y fortalece la posición de quienes actúan con honestidad, a partir del ejercicio limpio e inteligente del periodismo.
