Nuestra cartelera suele estar dominada por películas bastante convencionales, y son rarísimos los casos en que los exhibidores apuestan por producciones que además de divertir reten al espectador, con tramas elaboradas y exigentes, y donde la fotografía es un acto poético y no una mera imagen. Por eso resulta tan estimulante una excepción como «El árbol de la vida» de Terrence Malick, película ganadora de la Palma de Oro en el Festival de Cannes, que ha despertado la fascinación, el apasionamiento y la polémica allí donde ha sido estrenada.
Nacido en Illinois en 1943, Malick es un director perfeccionista, delicado y poco prolífico, además de una persona huraña, que detesta los actos públicos y los galardones. Antes que cineasta fue profesor de literatura, y en cuarenta años de carrera apenas ha producido cinco largometrajes −uno de ellos, «La delgada línea roja», luego de un silencio de dos décadas−, todas obras maestras que lo han encumbrado a la categoría de mito y artista de culto.
«El árbol de la vida» es una película torrencial, que se abre con una sentencia del libro de Job: «¿Dónde estabas tú cuando yo fundaba la tierra? ¿Entre el clamor a coro de las estrellas del alba y las aclamaciones de todos los Hijos de Dios?» Cuenta la historia de los O’Brien, un hogar conservador y muy religioso de Texas, cuya normalidad se quiebra con la llegada de un telegrama que anuncia la muerte del segundo de sus hijos, apenas a los 19 años. La terrible noticia motiva un viaje hacia el pasado, que no se detiene en los orígenes de la familia, sino que se remonta hasta el principio de las cosas, en una secuencia de imágenes bellas, delirantes y por ratos excesivas −constelaciones, estrellas, soles, ríos, mares, criaturas unicelulares, animales prehistóricos−, acompañadas por piezas de Mahler, Bach, Brahms o Mozart, que primero desconciertan, pues parecen puestas allí al azar, pero que sutilmente construyen una narración que nos concierne a todos: la formación del universo.
Salpicando estas escenas con frases de la madre O’Brien, que en medio de su dolor pregunta a Dios por qué tomó la decisión tan terrible de quitarle a su hijo, Malick cumple varios propósitos. Primero contrasta las enseñanzas del antiguo testamento con las explicaciones más racionales y científicas del origen de las cosas (¿Tanta perfección puede ser creada por mero azar? Nos preguntamos hasta los más incrédulos). También demuestra que todos los seres humanos somos resultado de una vertiginosa sucesión de coincidencias −tantas que nuestro pensamiento no alcanza para abarcarlas−, y que por tanto somos únicos, y nuestras historias, por más insignificantes que parezcan, merecen ser contadas.
A ello se dedica Malick en la segunda parte de esta brillante película. Desde el atribulado punto de vista de Jack, el hijo mayor (interpretado de niño por Hunter McCracken y de adulto por Sean Penn), describe el día a día de un hogar gobernado con puño de hierro por el padre (Brad Pitt), donde el diálogo y el afecto son reemplazados por la rígida moral protestante y el machismo, y donde la madre (Jessica Chastain) emerge como un ser idealizado y luminoso, un refugio de la brutalidad del destino. O si se prefiere, de Dios.
