Esta semana Brasil ha conseguido lo que hace años parecía un imposible: sobrepasar a Gran Bretaña y convertirse en la sexta economía del mundo, por detrás de los EE.UU., China, Japón, Alemania y Francia. La noticia, celebrada por los medios brasileños como una nueva Copa Mundial de fútbol, puede quedarse corta si los pronósticos que anticipan que antes del 2015 se ubicará en la quinta colocación son ciertos. Como si estas previsiones no fueran suficiente, la presidenta Dilma Rousseff acaba de lanzar el programa «Brasil sin miseria», que pretende sacar de la pobreza a 16 millones de personas en los próximos cuatro años.
Dio la casualidad que, mientras se hacían estos anuncios, terminaba de leer El imperio eres tú de Javier Moro, novela ganadora de la última edición del Premio Planeta. Escrita con una prosa directa y económica, en ella se recrea la biografía de Pedro de Braganza y Borbón, primer emperador del Brasil. Para «contar desde dentro lo que los historiadores contaron desde fuera», Moro realiza una puntillosa investigación, y a partir de ella dramatiza escenas y recrea diálogos con un talento que nos transporta a los salones de la calurosa corte de Río de Janeiro, donde la intriga y la traición eran moneda corriente.
Así conocemos a Pedro, un joven desordenado y de un insaciable apetito sexual, aficionado a la equitación, la bebida y la noche. Cuando era apenas un niño, su padre Juan el Clemente se había visto forzado a huir de un Portugal invadido por el ejército napoleónico, y a mudar la capital del reino al otro extremo del Atlántico, junto con su familia y un vasto séquito de nobles y advenedizos. Jaqueado por las corrientes liberales, años más tarde tendría que volver a Europa, dejando a su hijo mayor como regente de los vastos territorios conquistados. Para ese entonces, Pedro ya era una figura popular entre sus súbditos, dueño de una decisión, un carisma y un arrojo muy superiores a los de su pusilánime padre.
Casado con Leopoldina de Austria, el joven monarca viviría entonces unos años de relativa calma. Pero las tensiones con las Cortes de Lisboa, que gobernaban para Portugal y de espaldas a la colonia, lo forzarían a proclamar la independencia del Brasil, que gobernaría entre excesos y escándalos, muchos de ellos protagonizados por su amante Domitila de Castro, hasta su abdicación y partida, en 1831. Viudo y vuelto a casar, moriría unos años más tarde en el Palacio de Queluz en Lisboa.
¿Cuánto tiene que ver este pasado con la sorprendente prosperidad del Brasil de nuestros días? ¿En qué medida haber sido capital de un reino –relegando a Portugal al papel de colonia– y luego un imperio enorme y autónomo, que consiguió su independencia como parte de un proceso natural y casi sin derramar sangre, terminó por prefigurar una autoestima y una identidad propia, muy distintas al resto de Sudamérica? Luego de leer El imperio eres tú me queda claro que muchísimo, y que por eso los brasileños de nuestros días, trepados en la ola del desarrollo y el orgullo, recién han empezado.