Cuando asumió el cargo de Presidente, Ollanta Humala era una incógnita que despertaba grandes temores por sus antiguas posturas radicales. Desde que se hizo conocido en octubre del 2000 por levantarse en armas contra el régimen de Alberto Fujimori en Locumba, y luego con su ingreso a la política partidaria, que incluyó las postulaciones del 2006 y el 2011, enarboló un confuso ideario, mezcla de nacionalismo, estatismo y chavismo, y unas formas confrontacionales y hasta violentas, donde el respeto por la democracia, la propiedad privada, la diplomacia y la tolerancia no parecía preponderar. Aquellas posturas se moderaron con el tiempo, y hacia la segunda vuelta pasada, cuando el destino quiso enfrentarlo contra la inaceptable posibilidad de que el fujimorismo ganara, legitimando con su elección los atropellos y roberías de los noventa, Humala se comprometió a respetar y defender el orden constitucional. Ganó aquellas elecciones arropado por un vasto núcleo de ciudadanos que frente a una disyuntiva durísima y corriendo un enorme riesgo no se dejó convencer por una burda campaña donde a las incertidumbres originales se añadió mentiras y disparates, y optó por la moral antes que por el pragmatismo ciego y egoísta.
Lo que nadie esperaba era que, instalado en el sillón presidencial, aquel candidato beligerante, que fustigó a sus predecesores con incendios y llegó a exigir sus vacancias, decidiera más bien calcarlos, postergando reformas urgentísimas para gobernar con el piloto automático enganchado. Peor todavía, que para apagar los incendios que el mismo azuzó −como ocurre en Conga y Espinar−, adoptara las formas autoritarias y muchas veces tramposas del movimiento político que combatió primero con el fusil y luego en las urnas, y subordinara el diálogo a la obsecuencia. Quienes hicieron de la última campaña electoral un lamentable ejemplo de discriminación, intransigencia y clasismo, hoy deben estarse frotando las manos.
A Humala le corresponde enmendar el rumbo, y felizmente está a tiempo. Olvidar la represión indiscriminada que exigen los coros más reaccionarios, y persuadir a sus votantes originales −siguiendo el ejemplo de Felipe Gonzalez en España− de que la modernidad y la democracia son el camino más directo hacia el progreso, la paz y la inclusión social, como lo demuestran las últimas estadísticas de pobreza publicadas por el INEI. Para contrarrestar asonadas, conspiraciones y proyectos electorales extremistas como el de Gregorio Santos −alumno privilegiado en las artes que patentó el propio candidato de Gana Perú, por cierto− se necesita una capacidad de hacer política que hoy el gobierno no tiene, y que debería construir sumando cuadros idóneos para el ejercicio de este arte tan complejo (por lo pronto, la presencia de Óscar Valdés a la cabeza del Consejo de Ministros solo ha conseguido ahondar este déficit). Pero quizá lo más urgente sea la asunción de un liderazgo: una voz y una presencia que hasta ahora el Presidente ha rehuido, o incomprensiblemente ha delegado a los voceros más inapropiados, como la cuenta de Twitter de su esposa.
