A sus 97 años, László Csizsik-Csatary parece un apacible abuelito. Uno lo imaginaría en casa ocupándose de sus nietos, o reunido con otros veteranos para jugar al bingo o a las cartas. En cambio, hasta hace unos días, este hombre alto y enjuto, de cabellos canos y prominente nariz, era el criminal de guerra nazi más buscado del mundo.
Como comandante de la Policía Real Húngara durante el gobierno de la Cruz de Flecha −partido de filiación nacional-socialista, que llegó al poder en Hungría luego de un golpe de Estado en 1944−, Csizsik-Csatary tuvo a su cargo el gueto de Kassa en Eslovaquia. Fue responsable de ordenar la deportación de 15.700 judíos a las cámaras de gas de Birkenau, principal centro de exterminio de ese vasto complejo de aldeas tras las rejas dedicadas a los trabajos forzados, la demolición ideológica, la tortura y la muerte que se llamó Auschwitz.
Csizsik-Csatary fue condenado a muerte en ausencia, pues consiguió huir de Europa antes del final de la guerra. Vivió primero en Canadá, donde se construyó una identidad y una vida nuevas y se dedicó al comercio de arte, pero fue descubierto hace quince años. Antes de ser deportado de nuevo escapó, esta vez a Budapest, donde pasó desapercibido y llevó una vida bastante tranquila. Hasta que esta semana reporteros del diario británico The Sun lo descubrieron.
Según documentos en poder del Centro Simon Wiesenthal −llamado así en honor al conocido cazador de nazis austríaco−, el ex policía era un sádico que nunca mostró arrepentimiento: «Obtenía placer al golpear a las mujeres con su cinturón y las forzaba a lavar platos con agua helada con las manos desnudas durante horas. También utilizaba una cadena de perro para torturar a los judíos y no dudaba en dispararles si alguno trataba de burlar la seguridad». Alguna vez se rehusó a abrir agujeros de ventilación en los vagones donde los detenidos eran trasladados en grupos de ochenta, tan apretados que debían dormir de pie.
Como otros célebres criminales nazis, Csizsik-Csatary pretendió pasar el resto de su vida en el anonimato, con sus atrocidades convertidas en un mal recuerdo, y felizmente pudo ser encontrado y detenido antes de su muerte. Ahora, sin importar su edad, este hombre, uno de los pocos sobrevivientes de la jerarquía que desangró Europa con los métodos más crueles, deberá enfrentar a los tribunales y responder por los indecibles crímenes que cometió contra la humanidad. Pero no basta con eso: para que la justicia sea real, el proceso contra el antiguo y desalmado oficial de Kassa deberá servirnos para recordar y no olvidar aquella larga noche de nuestra civilización, donde la inteligencia y la tecnología fueron puestas al servicio de la locura y la muerte. Aquellos años tan terribles, que llevaron al gran escritor italiano Primo Levi, sobreviviente de los campos de concentración, a sentenciar: «Existe Auschwitz, por lo tanto, no puede haber Dios».
