En Westeros la magia no es más que un recuerdo. Los dragones están extintos y las criaturas monstruosas que habitan al norte del Gran Muro son solo un rumor. Luego de la guerra que derrocó a Aerys Targaryen y entronizó a Ser Robert Baratheon, los Siete Reinos, aquellos villorrios medievales donde gobiernan los grandes señores de las casas Stark, Lannister o Tully, parecen haber encontrado la paz. Pero ésta es ilusoria: el último verano dura ya muchos años, y pronto llegará el invierno...
Algunos buenos amigos en cuyo juicio confío me habían recomendado hacía tiempo los libros de la saga «Canción de Hielo y Fuego», más conocida por el título de su primer volumen: «Juego de Tronos». No les había hecho caso, quizá refrenado por los prejuicios que suele despertar la literatura fantástica. Pero hace menos de una semana lo hice, y aún no salgo de mi sorpresa.
El autor de esta portentosa obra es George R.R. Martin, un robusto, barbado y extremadamente prolífico escritor, «producto de la generación de los babyboomers, hijo de una familia obrera de Nueva Jersey» y objetor de conciencia de la Guerra de Vietnam. Luego de ganarse la vida escribiendo relatos breves de ciencia ficción, horror y fantasía, y guiones de televisión para «La Dimensión Desconocida» o la serie «La Bella y la Bestia», hace veinte años empezó su proyecto más ambicioso: «Canción de Hielo y Fuego», que tenía previsto terminar en dos tomos y se extendió a siete, cinco de los cuales ya están concluidos.
Martin reconoce que su inspiración más directa a la hora de componer este castillo literario fue J.R.R. Tolkien. Sin embargo, hay una gran distancia entre las estructuras endebles de «El Señor de los Anillos», cuyos dobleces parecen improvisados sobre la marcha para salvar problemas de argumento, y la trama oscura y bien amarrada de «Juego de Tronos». En la historia de los Siete Reinos los castillos, los caballeros, las princesas y la magia son mera ambientación, excusas para hablar de temas tan universales como la lucha por el poder, la traición o la lealtad, y la familia. Construidos sin ninguna concesión, sus personajes rompen los arquetipos asépticos y bastante monótonos de las clásicas historias de caballeros, y son incestuosos, primitivos y violentos. Por su complejidad y fuerza, entre ellos sobresalen Tyrion Lannister, apodado el «El Gnomo» por su enanismo, a quien hasta su propio padre desprecia por esta condición, y que debe sobrevivir a punta de brillantez, audacia y sarcasmo; y Daenerys Targaryen, la última descendiente del rey depuesto, forzada a casarse a los trece años con Khal Drogo, líder de los dothraki, un pueblo de jinetes nómades y brutales, que no conocen el pudor.
Luego de un principio poco auspicioso, los libros se convirtieron en objeto de culto y en best-sellers. Pero el lanzamiento hace un año de la versión para televisión en HBO multiplicó exponencialmente sus ventas en el mundo entero. Solo los productores David Benioff y D.B. Weiss conocen el desenlace de «Canción de Hielo y Fuego»: G.R.R. Martin se los contó, por si muere antes de ponerle punto final. Estoy seguro de que estas precauciones no harán falta, y que a este escritor supersticioso le sobrarán los años para seguirnos asombrando y conmoviendo con el producto de su inagotable imaginación.
