Con solo cinco meses de gestión, el gabinete encabezado por Salomón Lerner Ghitis será recordado como el más breve de nuestra historia democrática. Felizmente, a una semana de la crisis ocasionada por esta cirugía mayor –que supuso la salida de 10 ministros–, los temores por un viraje militarista y autoritario parecen disipados. Queda claro más bien que el cambio se produjo por una incuestionable falta de cohesión en el Ejecutivo, donde parecieron primar las hostilidades más que los conciertos, y que la salida de Lerner –la más lamentable de todas– fue ocasionada por su incapacidad para imponer el orden y la concordancia entre ministros bastante díscolos.
Tampoco quedan dudas de que la recomposición del gabinete ha supuesto un fracaso del modelo de gobierno «plural» auspiciado por Lerner, y que de todos los grupos políticos que integran el oficialismo, el más golpeado por los reacomodos y el pragmatismo de Humala ha sido la izquierda. No es por cierto una derrota gratuita: en el corto tiempo que lleva Gana Perú en el gobierno, sus cuadros ministeriales han debido enfrentar crisis muy serias, y lo han hecho con desacierto. Quizá los casos más flagrantes fueron el de la ministra de la Mujer Aída García Naranjo, que afrontó con torpeza y lentitud la muerte de tres niños luego de consumir alimentos envenenados del Pronaa, y el del ministro del Ambiente Ricardo Giesecke, que filtró a la prensa un informe de su sector que despellejaba el EIA elaborado para el proyecto minero Conga, dejando en evidencia los desacuerdos al interior del gabinete.
¿Qué imagen se han forjado los rostros visibles de nuestra izquierda durante estos cinco meses en que, aupados al carro de Humala, se han visto enfrentados a la obligación de gobernar? Una no muy buena, y bastante confusa. Es como si todos estos años dedicados a la crítica y la oposición los hubiesen indispuesto para el desempeño eficiente y armonioso que requiere la función pública. Visto su comportamiento, hoy parecería que su real preocupación fuera la defensa de una cuota de poder, más que de una ideología.
Una lástima, pues la presencia de un pensamiento progresista moderno, eficiente y orgánico es indispensable para la construcción de una verdadera democracia, regida por la pluralidad y la confrontación pacífica de ideas. Nuestra izquierda debería tener una presencia activa e institucional en el debate político –como lo consiguieron la Concertación chilena y el PT en Brasil−, y no conformarse asumiendo la banderas que con su simplismo habitual omite o desprecia la derecha, como el respeto por los DDHH, la lucha por la igualdad de género o la preservación de la ecología. Un primer paso ineludible es la fundación de un partido propio, que prevalezca sobre las mezquindades individuales, y que permita el surgimiento de nuevos liderazgos, y la inclusión de otros, caracterizados por el diálogo y la tolerancia, como el propio Salomón Lerner Ghitis.
