“Estoy decepcionado. El 11-S acabó con el buen periodismo. Con la excusa de la seguridad nacional, la prensa estadounidense dejó de hacer preguntas, ya no cuestiona el poder. Creía que aquello acabaría tras los años oscuros de la administración de Bush, pero con Obama no ha mejorado. Los periodistas de hoy siguen haciéndole el juego al gobierno, son como funcionarios. Falta curiosidad y escepticismo en el tratamiento de Irak, Afganistán o incluso Siria. Y el ciclo de noticias de 24 horas que impone la red no ayuda porque los convierte en animales carroñeros. No, no es un buen momento».
Estas frases concluyentes y cargadas de un pesimismo inapelable le pertenecen a Gay Talese. Inventor de aquello que hoy conocemos como «Nuevo Periodismo», y último sobreviviente de la vieja guardia de reporteros estadounidenses −como Mailer, Wolf o Hersey−, a sus ochenta años nadie tiene tanta autoridad para hablar de estos temas como él. Hijo de un sastre calabrés (de allí su predilección por vestir siempre con traje, chaleco y sombrero, como un dandy) y dueño de una prosa aventajada, en su vastísima carrera ha compuesto algunas de las piezas periodísticas más memorables de la historia, como «Frank Sinatra está resfriado», una crónica donde disecciona la compleja y conflictiva personalidad del gran crooner ítalo-norteamericano, y describe las catastróficas repercusiones que sobre la industria del espectáculo podía por entonces tener una simple gripe suya. O como Honrarás a tu padre, el libro de no ficción donde cuenta los secretos de una familia de la mafia neoyorquina (los Bonanno), que inspiró numerosas películas y series de televisión, como Los Soprano.
No es una mera coincidencia que Talese haya hecho estas declaraciones justo por estos días, cuando se conmemora los 40 años del inicio del escándalo Watergate. El 17 de junio de 1972 cinco hombres fueron detenidos en la sede del Partido Demócrata en Washington, mientras intentaban poner micrófonos de espionaje. Desde la punta de esa madeja, la noticia fue deshilvanada por Bob Woodward y Carl Bernstein, dos periodistas de investigación del diario Washington Post, que pusieron al descubierto los turbios manejos del Comité de Reelección republicano, donde estaban implicados el Departamento de Estado, el FBI, la CIA y la Casa Blanca, y que le costaron a Richard Nixon la renuncia a la presidencia de los Estados Unidos, en agosto de 1974. Para ello contaron con la ayuda de un informante de altísimo nivel, cuya identidad se mantuvo oculta hasta el 2005 −se trataba de Mark Felt, número dos del FBI−, y que se hizo célebre por su seudónimo, proveniente de una película pornográfica de culto de los años setenta: «Garganta Profunda».
¿Habría ocurrido Watergate si Woodward y Bernstein hubiesen compartido la concepción de «patriotismo» o «seguridad nacional» que hoy parece imperar en los medios estadounidenses, tal como denuncia Gay Talese? ¿Debe un periodista replegarse en nombre de conceptos tan gaseosos como éstos, o ser más bien persistente, curioso y contestatario? Al menos a mí la respuesta me resulta bastante obvia: Como lo demostraron Woodward, Bernstein, Talese o tantos otros, la prensa solo debe responder a su conciencia y a sus lectores, y nunca a las «buenas intenciones» del poder.