El aviso fue pensado para televisión e Internet, e incluía mensajes en llamativas letras rojas que no dejaban lugar a dudas. Una voz enfática y gruesa los recitaba mientras aparecían, aumentando el efecto dramático: hablaban de crimen, de actividades ilegales, de un fraude millonario en el programa Medicare, de robo a los contribuyentes. El culpable: nada menos que Mitt Romney, favorito a ganar las primarias republicanas para disputar la presidencia de los Estados Unidos a Barack Obama.
Aunque parezca increíble, los responsables de idear y producir este y otros avisos con acusaciones de similar o peor calibre no han sido los publicistas y estrategas demócratas, empecinados en demoler el prestigio del contrincante republicano que mejor papel podría jugar frente a Obama en las elecciones generales de noviembre próximo. Por el contrario: han sido sus propios correligionarios. Alineados en el bando del moderado Romney o del radical Newt Gingrich, primeros en las encuestas, los republicanos han transformado estas primarias en un intercambio de ataques fratricidas de una virulencia y ruindad estremecedoras.
En la disputa de Florida por ejemplo, los votantes fueron sometidos a una verdadera avalancha de anuncios con una peculiaridad: el 92% de ellos contenía denuncias o insultos. Romney, el candidato que más ha invertido en publicidad, ganaría los 50 delegados de esta importante circunscripción presentando solo un comercial con mensaje positivo. Era en español, por cierto.
¿Tiene sentido una confrontación de esta magnitud y con estas armas entre políticos de una misma filiación? ¿Cómo entender estas primarias, que se han convertido en una partida de demolición tan larga y desgastante que solo puede beneficiar al candidato demócrata, quien observa tranquilo desde la orilla del frente cómo se despellejan entre ellos sus rivales? Si entre republicanos son capaces de llegar a estos extremos, ¿qué podemos esperar de las elecciones generales, donde Romney o quien salga elegido deberá enfrentarse al actual presidente Barack Obama, encarnación de todo aquello que detestan los conservadores norteamericanos?
Quienes buscan explicaciones a este fenómeno afirman que es producto del importante momento de definición que vive el Partido Republicano, que ha capitulado ante el Tea Party, cuyas posturas intemperantes han conseguido empatar con el pesimismo y la beligerancia actuales de la derecha norteamericana. Sin negar esta posibilidad, desde fuera también parecería que los Estados Unidos no han conseguido mantenerse impermeables al proceso de degradación que sufre el ejercicio de la política. Como en el resto del mundo, en la cuna de la democracia presidencial, que tiene a una de sus figuras emblemáticas en Abraham Lincoln, el estadista republicano que emancipó a los esclavos, las ideas parecen haber cedido un terreno irrecuperable a los golpes de efecto de marketeros y publicistas políticos, que ganan campañas pero degradan el debate.
