Junto con una producción narrativa descollante, con títulos de la magnitud de «La muerte de Artemio Cruz», «La región más transparente» o «Aura», el escritor mexicano Carlos Fuentes es autor de un sinfín de ensayos, en los que ha sabido traducir sus opiniones siempre lúcidas y polémicas en materias tan divergentes como la crítica literaria o la actualidad política. Producto de esta vocación es «La gran novela latinoamericana» (Alfaguara, 2011), un monumental recorrido por la historia de nuestra literatura, donde comparten páginas autores inaugurales como Sor Juana Inés de la Cruz o el Inca Garcilaso de la Vega, y los más recientes y consagrados Jorge Luis Borges, Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez o Mario Vargas Llosa.
Aunque fascinante y erudito, el libro es complejo y por momentos su lectura puede resultar trabajosa. Quizá sus capítulos más persuasivos y reveladores sean los primeros. Allí Fuentes desentraña el largo y complejo proceso que originó aquello que hoy conocemos como «literatura latinoamericana». Para tamaño fin emprende un minucioso recuento de la historia que se inició con la llegada de los españoles al nuevo mundo, pasó por la colonia y las gestas independentistas, y prosigue en nuestro tiempo. El recuento incluye otra historia, paralela e intangible, pero no menos trascendental: la de las ideas, que anticiparon a los conquistadores y perfilaron muchas de sus conductas.
Influenciados por el pensamiento del teólogo inglés Tomás Moro, los recién llegados creyeron encontrar en América aquella sociedad idílica descrita en «Utopía». Por ello, el autor prefiere llamar «invención» al descubrimiento: animados por sus anhelos y su imaginación, los cronistas de aquel tiempo creen ver sirenas donde había ballenas, fabulan «tortugas de concha tan grande que podían cubrir una casa», tiburones de dos vergas «cada una tan larga como desde el codo de un hombre grande a la punta mayor del dedo de la mano», salamandras que arden pero son tan frías «que pasando por las ascuas las matan como si fueren puro yelo», y hasta playas cubiertas de perfectas y redondas perlas negras.
¿No prefiguran estas visiones las obras posteriores de Cortázar, Carpentier o García Márquez? ¿Acaso no nos hablan desde el origen de una sociedad que debe recurrir a la ficción para comprenderse a plenitud? Iguales consecuencias tendrá más tarde la reforma protestante, que propugnaba la desnudez del templo y las efigies, y dará lugar al barroco de la contrarreforma, que en América ofrecerá a los conquistados una salida «sincrética y sensual» para su opresión. O la expulsión de los jesuitas, que se vengarán desde su destierro propugnando la identidad nacional de las patrias colonizadas.
Todo esto, resume Carlos Fuentes, alimentará la aparición de «una literatura nacida de los mitos de las culturas indígenas, de las epopeyas de la conquista y las utopías del Renacimiento». Una literatura mestiza y deslumbrante, como la propia tierra y las gentes que la forjaron.
